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No es el Legislativo, Parlamento o Congreso el primer poder del Estado. Definitivamente no lo es. Y no lo será en tanto predominen las mayorías oficialistas que dependen del Presidente de la República, jefe del partido que gobierna, y mientras no se establezca la democrática renovación parcial del Parlamento a fin de permitir a los electores modificar la estructura parlamentaria y establecer el equilibrio e independencia. En sistemas como el imperante en el Perú, el poder omnímodo lo ostenta el Presidente de la República, por tanto es el primer poder del Estado porque goza de enormes facultades y privilegios constitucionales y hasta una inmunidad soberana que lo convierten en omnipotente e inimputable.

Pero si nos referimos al poder, en términos generales, aún no siendo estatal, indiscutiblemente el primer poder es la Prensa. Para bien o para mal es la que, al final de cuentas, lo decide todo, es el que encumbra o desacredita, el que convierte al virtuoso en pecador o viceversa, el que hace héroes o villanos, el que catapulta o sepulta, el que enloda o limpia, el que impulsa a esclarecer las cosas ocultas o se encarga de enterrarlas. La prensa hace vender o desprestigiar negocios, construye o destruye. En fin es la que puede hacer o deshacer cuanto se le ocurra. Todo depende de la calidad de los hombres en cuyas manos se halla tan poderoso instrumento, a veces letal. Pero lo incontrovertiblemente cierto es que sin  la prensa no se conocen a los autores de los éxitos o de los fracasos. Es que alberga en su poder los ojos y los oídos de la opinión pública.  Son inmensos los recursos de los que dispone la prensa escrita, hablada o televisada como para controlarlo todo.

Sin la prensa carecen de sentido y de repercusión las más sabias leyes, los más benéficos decretos o las más acertadas disposiciones. De la prensa depende conocer sus bondades y el altruismo de su autores. Por su conducto también se blasfema, se calumnia, se injuria y se difama, y mediante ella también se allanan conflictos, se limpian honras maltratadas y se deja todo en calma. El poder político más elevado, austero y patriota no es tal, no será justamente conocido ni reconocido sin la prensa, la que en sus manos está la inmensa e inconmensurable facultad de discernir, examinar y aprobar o desaprobar, conferir virtudes, exaltar conductas y enaltecer a las personas o descalificarlas.

Es incuestionable que la Prensa no es un poder estatal, mas no deja de ser poder público si nos atenemos a la semántica según la cual público es todo lo notorio, patente, manifiesto, visto y sabido por todos. Y no olvidemos, que todo órgano periodístico se halla más ligado a la función publica gubernamental, a las acciones edilicias, a los gobiernos regionales y federales  a los actos públicos y hasta privados de presidentes, jefes de Estado, jerarcas, califas, sultanes, papas, reyes y monarcas. Todos ellos, absolutamente todos necesitan de la prensa, bien sea para difundir sus virtudes o para defenderse de los agravios. Ella construye líderes, crea adalides, instala gobiernos y también los aniquila. La prensa pues, en suma, no admite contendores en materia de poder. Aún no se ha inventado nada parecido que pudiera competir con ella.