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Sería insensato sostener que la prensa en el Perú es libre, por más que aisladamente, una que otra denuncia sirva para identificar a ciertos delincuentes que medran en la función política, entre tanto la ley sea como la tela de araña que sólo atrape a los mosquitos y deje pasar a los moscardones, como sentenciara Hernández en el Martín Fierro. La enorme e impresionante cantidad de periódicos y revistas, panfletos, libelos y pasquines que circulan de manera tan alegre y sin preocupaciones, se explica sólo porque se hallan puntualmente aceitados, es decir subvencionados mediante el pago generoso de jugosos avisos comerciales que reciben de las dependencias del Estado para cumplir con el subalterno encargo de mentir y abultar las bondades inexistentes de la administración gubernamental. No existe en el universo ningún órgano de prensa que pueda subsistir de la venta de los diarios, además, la empresa privada no es tan generosa para pagar avisos comerciales sin que tengan necesidad de ello, a diferencia de las entidades estatales que sí se hallan dispuestas a destinar suculentas partidas del Presupuesto, que no son suyas, para publicidad, sobre todo porque de un lado tienen sumo interés en exaltar obras inexistentes y de otro, ocultar y silenciar latrocinios.

Si durante los regímenes tiránicos derivados de golpes militares, el control de la prensa se efectúa mediante el imperio de la fuerza y la mordaza, en cambio, en los sistemas denominados impropiamente democráticos por el solo hecho de haber celebrado elecciones y sometidos al libre mercado, similar control se lleva a cabo, y con mayor eficacia, por la fuerza del dinero, del sucio dinero para pagar avisos publicitarios de los gobiernos de turno, mediante los cuales se distribuye el presupuesto fiscal entre todos los que se avienen a convertirse en acólitos e incensarios del poder político.

En los sistemas llamados democráticos –que no son tales-  como el del Perú, los gobernantes permiten ciertas críticas dosificadas de los medios de comunicación, únicamente para disfrazar sus protervos planes de enriquecimiento ilícito y lograr que sus fechorías pasen desapercibidas. Los órganos de la llamada “prensa libre” tienen tarifas para dosificar sus silencios, y las escalas de soborno funcionan en razón directa de la mayor o menor inversión de avisos en las páginas destinadas al halago, al aplauso y a la complicidad. Curiosamente, el Perú es en el Continente Americano el país que cuenta con un impresionante mayor número de diarios y libelos que sin tener sustento económico propio, salen a la palestra y se mantienen robustecidos sin exhibir nada más que halagüeños comentarios a favor del gobierno de turno que los amamanta y a condición de ser mantenidos permanentemente por el Presupuesto Fiscal. Esta es la tragedia del país y es en ella que reposa la gran corrupción.

Pero ¿cómo evitar la incubación de panfletos al servicio de la adulonería socorrida? Parece casi imposible, entre tanto el poder político se halle en manos irresponsables, de personas inestables, megalómanas y sicópatas y sobre todo sin más partido que su férrea tendencia a la omnipotencia. La personalidad de los líderes es trascendental y mucho más el funcionamiento de partidos políticos sólidos, sin los cuales, todo no será sino una feria de apetencias una competencia de ambiciones y de quien se enriquece más rápido.