Nicolás de Piérola, ministro de Hacienda del gobierno de José Balta, suscriptor del cuestionado contrato Dreyfus motivo de protestas y denuncias porque significaba la  entrega de la riqueza guanera a consorcios europeos, fue objeto de acusación constitucional que el gobierno de Mariano Ignacio Prado, triunfante en el proceso electoral de 1876, no estaba dispuesto a soslayarla, fue entonces cuando Piérola, para evitar el proceso y la revisión del contrato urdió la infamia -más tarde desmentida hasta por el propio intrigante- que Prado se habría fugado del país. En realidad había viajado a Londres con el propósito de acelerar el trámite de la compra y transporte de los armamentos adquiridos por el Perú y que estaban siendo bloqueados por peruanos antipatriotas, entre ellos Piérola que asociado con el general Miguel Iglesias  se pusieron al lado del general chileno Patricio Lynch con el fin de lograr  la persecución del patriota Andrés Avelino Cáceres que fue el único que libró una verdadera batalla contra el ejército invasor y contra el  propio Piérola.

Producida la conspiración se instaló el dictador el 22 de diciembre de 1879 y se coronó Jefe Supremo de la República, depuso al general La Puerta, vicepresidente de la República, encargado del despacho e impidió el retorno de Prado al país, luego dictó un decreto a favor de la casa Dreyfus el 7 de enero de 1880 reconociéndole un saldo en su cuenta corriente, al 30 de junio de 1879, ascendente a S/ 21´083,000. 00 y 4´008,000. 00 en libras esterlinas. Además, le autorizó exportar todo el guano que deseara y de cualquiera de los yacimientos del litoral peruano para cubrir los saldos a favor de la casa inglesa, la que así dispuso del producto a su albedrío. Es elocuente el hecho que Juan Martín Echenique, hermano del ex presidente José Rufino, el de la orgía presupuestal y  descalabro fiscal de 1851, junto con Toribio Sanz, fueran sus apoderados en París.

Al respecto el historiador alemán Ernst W. Middendorf sostiene que “Piérola tenía talento y hubiera podido prestar valiosos servicios al país, pero su ambición desmedida y exagerada vanidad sólo han causado desgracias al Perú por sus intereses comunes con Dreyfus". De Balta –de quien fue su ministros- afirma que no era sobornable, aunque su inteligencia limitada no entendía nada de negocios y se dejaba guiar por consejeros de su confianza, lo que fue aprovechado por Piérola, quien -no cabe duda- contó con la ayuda financiera de Dreyfus para realizar sus intrigas políticas en sus intentos de derrocar a gobiernos constitucionales. (E. W. Middendorf: Perú, ed. 1973, pp. 140 - 145).

Todas las investigaciones históricas y las evidencias en sus actuaciones públicas prueban que Piérola vivía agradecido por la ayuda que le había prestado Dreyfus, y fue por eso que firmó generosos convenios con ella, y desde 1871, siendo ministro de Hacienda de Balta, le había concedido un crédito de 300,000 libras esterlinas para la instalación de una fábrica de tratamiento del guano, pero no hubo nada de eso y terminó contratando su venta al empresario Ohlendorff.

Mariano I. Prado asumió al gobierno el 2 de agosto de 1876 en la más pacífica y democrática de las transmisiones efectuada después de las elecciones convocadas por Manuel Pardo, quien fuera vilmente asesinado el 16 de noviembre de l878, cuando ejercía la presidencia del Senado. La interrupción de su periodo presidencial por la conspiración de Piérola tuvo la gravedad de haber sido perpetrada en plena guerra con Chile, después de fabricar la infamia ya referida, la que poco después quedó desacreditada a la luz de los históricos acontecimientos. Al respecto, el historiador Evaristo San Cristóbal formuló desmentidos a las acusaciones difamatorias del llamado califa, interesado en neutralizar los esclarecimientos que pesaban sobre él y en su compromiso de su entrega al comando chileno. Prado, en cambio, tal como lo declara San Cristóbal,  tuvo un ferviente anhelo patriótico, hasta enroló a sus hijos Leoncio y Grocio Prado inmolados por la Patria. Sostiene San Cristóbal que Prado tuvo un redoblado repudio a los chilenos, lo prueba la carta pública dirigida al ministro de guerra de Chile, tan pronto como se produjo la declaratoria de guerra, en la que renunciaba al grado de general de división que le invistió ese país con motivo de su conducta patriótica y americanista en el combate del Dos de Mayo aquel año de 1866. El texto de la carta es el siguiente:

"Lima, abril 5 de 1879. Al señor Ministro de la Guerra de la República de Chile Señor ministro: Hoy que Chile ha declarado la guerra a mi patria, la clase de general de división con que el Congreso de esa República tuvo a bien investirme es inaceptable con mis deberes de peruano y mandatario del Perú. Por tanto, renuncio al generalato, dando las debidas gracias por el honor que se me dispensó. Dios guarde a U. S. - Mariano Ignacio Prado" (Evaristo San Cristóbal: Mariano I. Prado, su vida y su obra, p. 57).

San Cristóbal consigna que al terminar la contienda bélica con Chile, la junta de gobierno que sucedió a Iglesias, presidida por Antonio Arenas, expidió el decreto supremo del 11 de diciembre de 1885, derogatorio del decreto dictatorial del 22 de mayo de 1880 por el que se había borrado del escalafón del Ejército; al general Mariano I. Prado se lo volvió a inscribir y se le restituyeron los derechos acordados por la Constitución a todos los peruanos. Y que a su regreso al Callao, Prado fue saludado por el edecán del entonces presidente, Andrés Avelino Cáceres, y conducido a su residencia en un carruaje oficial. Y como si esto fuera poco, más tarde, el propio Nicolás de Piérola, hallándose en su cuarto mandato, se esmeró en rodearlo de las mayores consideraciones, le destacó un ayudante a sus órdenes y ordenó se le abonasen sus sueldos con toda puntualidad; hasta llegó a buscar la reconciliación, sin lograrla. valiéndose de su ministro, el probo magistrado de la Corte Suprema, Dr. José Jorge Loayza, amigo de Prado. Después de su muerte, el 5 de mayo de 1901, al llegar los restos de Prado de Europa, el 16 de marzo de 1902, fue objeto de solemnes funerales oficiales durante el gobierno de Eduardo López de Romaña. Posteriormente, en homenaje a su obra levantaron monumentos en Huánuco, Iquitos y Pisco; asimismo en La Habana, en reconocimiento a su intervención en la gesta de la Independencia de Cuba. (San Cristóbal: ob. Cit. Pp. 57-61).

Es pues de justicia reivindicar la memoria de Mariano I. Prado vilmente mancillada por un cuestionado personaje como Piérola, ambicioso e intrigante y comprobadamente incurso en corrupción, como ya se ha mencionado hasta la saciedad; fue además el que ocasionó la debacle de Miraflores de la que después de licenciar al ejército peruano se fugó por Cantogrande favoreciendo a los intereses de Chile en la guerra de 1879 en sociedad con Miguel Iglesias el autor del Grito de Montán propiciador de la rendición  incondicional ante los chilenos y firmante del Tratado de Ancón con el que entregó Arica y Tarapacá.

 

Su sociedad con Miguel Iglesias el del grito de Montán


El general Miguel Iglesias estuvo siempre ligado a Piérola por una gran relación política y por la práctica de subalternas conductas que los vincularon en la debacle en la guerra con Chile. Logró ser nombramiento presidente "Regenerador", el 30 de diciembre de 1882, por una mayoría de parlamentarios pierolistas e inmediatamente recibió el apoyo de Chile para tratar la eliminación de Cáceres y Montero, acusados de ahogar el "Grito de Montán", o sea la firma in condicional de la paz con Chile. Reforzaron así el optimismo chileno y despejaron el camino para facilitar la firma del Tratado de Ancón. Por tal felonía, en una actitud enaltecedora y por decreto de fecha 9 de noviembre de 1882, Lizardo Montero ordenó que se le borrara del escalafón militar, se le privara de sus goces y prerrogativas y se le juzgara ante el Consejo de Guerra por el delito de traición a la patria. Contrariamente la Asamblea Legislativa del Norte, en Cajamarca, integrada por legisladores genuflexos, le confirió su apoyo incondicional dejando sin efecto el decreto de Montero.

El gran mariscal don Andrés Avelino Cáceres, Héroe de la Breña, luego del nefasto proceder de Iglesias expresó, sentenciosamente, lo siguiente: "Yo no veo en Iglesias sino a un teniente chileno, que obedece a los propósitos chilenos, que vive bajo la sombra de los chilenos y que, en suma, subsistirá con el aparato de poder que tiene en Lima, tanto tiempo cuanto el que permanezcan en el territorio nacional los ejércitos chilenos".

Sobre las penurias de los soldados peruanos, Manuel González Prada, en su libro Horas de Lucha sentenció: "En 1879, los chilenos tuvieron la ventaja de combatir en el mar contra buques viejos y mal artillados y en tierra contra pelotones de reclutas a órdenes de militares bisoños, cuando no de comerciantes, doctores o hacendados..." Miguel Iglesias había sostenido, sin ningún reparo, que "la mejor guerra que se podía librar a Chile era la de firmar la paz sin mayor pérdida de tiempo". Y, el 1 de abril de 1882, lanzó una proclama a favor de la tan acariciada y humillante paz, luego de haber actuado de acuerdo con el cuartel general del ejército chileno, que se hallaba al mando del general Estanislao del Canto, y, cuando fue hecho prisionero en Chorrillos, prometió solemnemente a los chilenos no pelear contra ellos, por lo que fue liberado; así se convirtió en el emisario del alto mando militar chileno y pudo dirigirse hacia el norte del territorio del Perú. En su hacienda "Montán" de Cajamarca lanzó el 31 de julio de 1882 su tristemente célebre manifiesto, denominado el "Grito de Montán", según el cual admitió la recapitulación que significaba la rendición absoluta, aceptando firmar la paz bajo las condiciones impuestas por Chile. Para justificar su posición decía: "Chile no quiere la muerte del Perú, pretende la paz ventajosa en la medida en que le daban derecho a ello sus victorias". En el New York Herald de Nueva York, el 13 de agosto de 1883, apareció la declaración de los chilenos sobre Iglesias: "Damos toda clase de ayuda: dinero, armas y destrucción de sus enemigos".

En la Historia de la República del Perú, Basadre expresa: que Iglesias apareció en la escena política peruana e internacional para hacer el juego al enemigo y volver estériles las hazañas de Cáceres y las gestiones de García Calderón". Y mientras la felonía se gestaba en el norte del Perú, Cáceres lograba victorias en el sur, donde surgieron las figuras de Gregorio Albarracín y Leoncio Prado; pero, al mismo tiempo, se sentía traicionado en todos los flancos hasta por sus más cercanos colaboradores, pues de la manera más increíble y condenable y colocándose en actitud contraria, uno de sus aparentes "amigos", el general Arnaldo Panizo, no tuvo inconveniente en detener al coronel Remigio Morales Bermúdez, encargado de movilizar tropas en Acuchimay. Entonces, Cáceres tuvo que librar combates -igual que en Carmen Alto- para defenderse de las fuerzas organizadas por el coronel Arnaldo Panizo, convertido en amigo y partidario de Nicolás de Piérola y felizmente derrotado. Se ha denunciado que los traidores, partidarios de Piérola e Iglesias, embaucaban a los soldados andinos y les hacían creer que estaban peleando contra el enemigo, y combatían contra su propio compatriota, Andrés Avelino Cáceres.

La ignominia se refleja con mayor intensidad en el hecho -incontrovertible- de que el régimen de Miguel Iglesias se vio fortalecido después de la penosa derrota de Cáceres en Huamachuco y con el avance de las tropas chilenas desde Tacna hasta Arequipa. Esta ciudad, después de consumada su rendimiento, fue declarada "Ciudad Abierta" ante el coronel chileno José Velásquez, mediante acta firmada por el alcalde arequipeño Armando de la Fuente, el 29 de octubre de 1883, después de solicitar al decano del cuerpo consular Enrique Gibson que lo hicieran juntos. La derrota de los peruanos dirigidos por Cáceres, que luchaban por reivindicar el honor nacional, ha sido la meta de Iglesias y de su socio Piérola.

No pocos ocultan la condenable acción antiperuana de Piérola, quien, poco antes del desastre de Miraflores, fugó a la sierra por Cantogrande seguido del almirante Montero, el capitán de navío Aurelio García y García, el coronel Juan Martín Echenique, otros 12 coroneles, 5 comandantes, 12 sargentos mayores, 23 capitanes, 9 tenientes y 6 subtenientes; así lo refiere el profesor Luis Guzmán Palomino en su libro Cáceres y la Breña y se remite a las cifras consignadas por el historiador Alberto Tauro del Pino. Aliado con el general Miguel Iglesias se entendió con los chilenos a condición de destruir al patriota Avelino Cáceres. Este acto de felonía ha quedado impune y no se entiende por qué hay quienes aplauden al llamado "Califa", tal vez porque ignoran que fue una de las piezas valiosas para el éxito chileno. En cambio, penosamente, se silencia al héroe de La Breña, de quien sólo hay recuerdos tímidos. No se puede ocultar lo que causa vergüenza e indignación, como la hecatombe de Miraflores, la huida de Piérola y el refugio del general Iglesias en su hacienda de Udima, previo concierto con los chilenos. Ambos -dominados por su anticacerismo- prestaron su concurso al ejército invasor para instalar un gobierno provisorio en Lima, el que, después de un conciliábulo entre sumisos cortesanos, convocados por el alcalde Rufino Echenique, quedó presidido provisionalmente por el líder de los explotadores del salitre, Francisco García Calderón, con la anuencia del comando chileno, el 22 de febrero de 1881, e instalado en La Magdalena el 12 de marzo, y que negoció la paz luego de ofrecer una cuantiosa indemnización de guerra a favor de Chile. Las fuerzas de ocupación se situaron en Lima, alimentadas por el fisco peruano.

Que a Piérola más le interesó el fracaso de Cáceres que la causa del Perú lo demuestra su actitud asequible ante el general chileno Patricio Lynch para que Iglesias se encargase de firmar la paz, a condición de perseguir hasta liquidar a Cáceres y a sus tropas. ¡Qué tragedia la del Perú, ser escenario de fratricidas enfrentamientos bélicos entre peruanos, en momentos en los que el país libraba una desigual contienda!. La organización del llamado "ejército pacificador" -integrado por soldados chilenos y peruanos- la propugnó Piérola en concordancia con Iglesias para enfrentarse a Cáceres en el centro del país, donde éste hacía esfuerzos por conseguir dinero para sostener a sus tropas, hasta el extremo de vender sus bienes desesperadamente. En sus memorias se queja de no haber contado con armas suficientes, aunque pudo vestir a sus tropas gracias a las módicas ayudas del pueblo. Tal era la indignación, que se decía "primero los chilenos que Piérola", reproducido por un importante diario nacional. Algunos de los felones participantes fueron Arnaldo Panizo, Tadeo Antaysa, Luis Milón Duarte, Mariano Castro Zaldívar y Manuel Encarnación Vento, entre otros. Felizmente, un movimiento surgido el 24 de noviembre de 1981 liquidó la dictadura pierolista y proclamó a Cáceres jefe supremo del Perú, distinción que no aceptó y sostuvo que, a diferencia de malos peruanos decididos a pactar con los adversarios, su propósito fundamental era lograr la unión nacional para hacer frente al invasor.

Se afirma, no sin razón, que Chile no ganó la guerra; fueron los peruanos los que la perdieron. Dice el historiador Pablo Macera que la única guerra ganada por el Perú ha sido la sostenida en el centro por Andrés Avelino Cáceres. Y el profesor Luis Guzmán Palomino, de la Orden de la Legión Mariscal Cáceres, transmite lo que Cáceres refiere en sus memorias: "Grande fue la actividad desplegada en la faena reorganizadora del ejército. Podía disponer de numeroso personal, pero carecía de armas y municiones. En vano esperé las ofrecidas por Montero y las que pudieron venir de Bolivia. Las varias comisiones que envié a Arequipa fueron desatendidas, y así transcurrieron los meses en espera de esos elementos, durante los cuales los chilenos prepararon contra el ejército del Centro la formidable campaña que habría de finalizar en Huamachuco". También recuerda la proclama del 16 de octubre de 1882, en la que Cáceres condenó la traición de Iglesias: "Lo que hoy pretende el general Iglesias, olvidando en hora lamentable el buen nombre del Perú, es una paz implorada a Chile de rodillas, paz humillante y vergonzosa que subleva todo sentido de indignación y ante la cual el patriotismo se encuentra escarnecido y degradado".

La mayor sanción contra Iglesias fue la impuesta por Lizardo Montero, al borrarlo del escalafón militar y privarlo de sus goces y prerrogativas. Mediante decreto del 9 de noviembre de 1982, estableció que tan pronto como fuese habido, sea juzgado en consejo de guerra por traición a la patria. Imprevisible y simultáneamente, se reunió la llamada Asamblea del Norte y el 30 de diciembre expidió una ley en la que nombraba a Iglesias "Presidente Regenerador", decisión acatada por una asamblea pierolista reunida en Lima el 7 de diciembre, al tiempo de pronunciarse contra Cáceres y Montero, acusados por Piérola de merodeadores de Junín y Arequipa. Montero en Arequipa, al frente de 10 000 hombres, había declarado a esta ciudad capital del país por ser sede de su gobierno, ya que Lima se hallaba ocupada por los chilenos. En el sur, unos apoyaban a la resistencia y otros a Iglesias, pero más pudieron las coordinaciones entre peruanos desleales y el cuartel general chileno en Lima y la influencia de Piérola -que dirigía las acciones de Iglesias a favor de la rendición-; a pesar del sacrificio de los peruanos que libraban actos heroicos mediante guerrillas en Ica, Cañete, Ocros, El Infiernillo, Chiquián, Topará, Ungará, y Sama, donde fue notable la acción de los Húsares de Junín. Sobre esto, el profesor Guzmán Palomino dice que está pendiente una historia por escribirse.