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Es desconsolador tener que recordar la conducta de ciertos malos peruanos que contribuyeron con la debacle del Perú con motivo de la guerra desatada en 1879. Por lo menos son dos los principales personajes que se entregaron al comando del general chileno Patricio Lynch, a tiempo de liquidar la resistencia del patriota Andrés Avelino Cáceres y sus debilitadas tropas. Se trata de Nicolás de Piérola y el general Miguel Iglesias, el primero o sea Piérola, quien poco antes del desastre de Miraflores licenció a las tropas peruanas y fugó hacia la Sierra por Cantogrande, seguido del capitán de Navío Aurelio García y García, el coronel Juan Martín Echenique, otros 12 coroneles , 5 comandantes, 12 sargentos mayores, 23 capitanes, 9 tenientes y 6 subtenientes, tal como lo refiere  el profesor e historiador Luis Guzmán Palomino en su libro “Cáceres y la Breña” quien, a su vez se remite a las citas del historiador Alberto Tauro del Pino.

Y cuanto a su socio el general Miguel Iglesias  refugiado en su hacienda Udima fue quien lanzó el famoso Grito de Montán, según el cual no cabía otra alternativa que la de suscribir la rendición incondicional ante los chilenos. Ambos en concierto le prestaron su concurso al invasor a fin de que, a tiempo de lograr la derrota de Cáceres, se facilitara la instalación de un gobierno provisorio en Lima, constituido con la anuencia del comando chileno, el 22 de febrero de 1881 e instalado en la Magdalena el 22 de marzo, habiendo quedado a cargo de Francisco García Calderón, quien presionado negoció la paz luego de ofrecer una cuantiosa indemnización a favor de Chile. Entre tanto Piérola autodeclarado presidente del Perú en el Sur, frente a las fuerzas de ocupación de los chilenos propició la rendición de Arequipa a la que ante el coronel chileno José Velásquez fue declarada ciudad abierta por decreto del alcalde Armando de la Fuente, cuya decisión quedó registrada en acta del 29 de octubre de 1883. Luego las tropas chilenas enrumbaron hacia Lima donde el gobierno provisorio de García Calderón les proporcionó refugio y mantenimiento durante nueve meses con cargo a los fondos del Presupuesto Fiscal.

La derrota de los peruanos dirigidos por Cáceres que luchaban por reivindicar el honor nacional fue la gloria de Iglesias y de su socio Piérola, ambos propugnadores de la organización del llamado “ejército pacificador” con el fin de enfrentarse a Cáceres en el Centro donde se batía en condiciones de inferioridad y que para resistir el embate de los enemigos y de los propios peruanos, tuvo hasta que vender sus bienes para adquirir armamento. En sus memorias se lamenta de no haber contado con armas suficientes aunque pudo vestir a sus tropas contando con la ayuda del pueblo y expresa: “grande fue la actividad desplegada en la faena reorganizada del Ejército; podía disponer de numeroso personal, pero carecía de armas y municiones, en vano esperé las ofrecidas por Montero y las que pudieron venir de Bolivia. Las varias comisiones que envié a Arequipa fueron desatendidas y así transcurrieron los meses en espera de esos elementos durante los cuales los chilenos prepararon contra el ejército del Centro la campaña que habría de terminar en Huamachuco”. También Cáceres recuerda su proclama de 16 de octubre de 1882, en la que condenó la traición de Iglesias y decía “Lo que hoy pretende el general Iglesias, olvidando en hora lamentable el buen nombre del Perú, es una paz implorada a Chile de rodillas, paz  humillante y vergonzosa que subleva todo sentido de indignación y ante la cual el patriotismo se encuentra escarnecido y degradado”

La mayor sanción contra Iglesias fue la impuesta por Lizardo Montero al borrarlo del Escalafón Militar y privarlo de sus goces y prerrogativas. Y mediante decreto del 9 de noviembre de 1882 estableció  que tan pronto como fuese habido sea juzgado en Consejo de Guerra por traición a la Patria. Pero imprevisible y simultáneamente, el 30 de diciembre se reunió la llamada Asamblea del Norte y expidió una ley con la que se nombraba a Iglesias “Presidente Regenerador”, decisión acatada por una asamblea pierolista reunida en Lima el 7 de diciembre, a tiempo de pronunciarse contra Cáceres y Montero a quienes Piérola, insolentemente los acusó de merodeadores de Junín y Arequipa. Hubo, desgraciadamente en el sur, quienes apoyaban a Iglesias y aunque había peruanos patriotas, más pudieron las coordinaciones entre peruanos desleales y el cuartel general chileno en Lima y la influencia de Piérola que dirigía las acciones de Iglesias a favor de la rendición, en actitud contraria al sacrificio de los patriotas peruanos dirigidos por Cáceres, que libraban actos heroicos mediante guerrillas e Ica, Cañete, Ocros, El Infiernillo, Chiquián, Topara, Ungara y Sara, lugares donde fue notable la acción de los Húsares de Junín. Algunos de los felones contra Cáceres y adictos de Piérola fueron, entre otros, Arnaldo Panizo, Tadeo Antaysa, Luis Milón Duarte, Mariano Castro Saldívar y Manuel Encarnación Vento. Por eso se afirma que Chile no ganó la guerra, fueron los malos peruanos quienes la perdieron. Al respecto afirma el historiador Pablo Macera que la única guerra ganada por el Perú ha sido la sostenida en el Centro por Andrés Avelino Cáceres. Acerca de esta tragedia, el historiador Luis Guzmán Palomino sostiene que “está pendiente una historia por escribirse”, en su obra “Cáceres y La Breña, Compendio Histórico y Colección documental, pp. 52, 53 y 55.