Viene a cuento el epígrafe,  parafraseando a una antigua denominación de “El Hombre enfermo de Europa”, título con el que se señalaba al Imperio Turco, el que hace cerca de cien años, después de la Primera Guerra Mundial, había terminado de caer en un terrible estado de deterioro político-social y decadencia moral, en poder de califas, que lo condujeron a un estado de descomposición. En tan graves circunstancias por las que la situación parecía no tener remedio, el país encontró el camino de su recuperación cuando la nación turca fue rescatada mediante el exitoso pronunciamiento de Mustafá Kemal, un inteligente y patriota joven, líder del gran movimiento político nacionalista conocido como “La revolución de los jóvenes”. El movimiento triunfante, acabó con un  régimen, absolutista que había hundido a aquella nación, dominada por un sultanato retrógrado, que dio lugar a un estado de degeneración social y moral. Kemal, entonces, condujo el movimiento triunfal hacia un cambio radical, echó a los califas y sultanes y en la nación otomana e hizo renacer a una nueva etapa realmente democrática. Elegido presidente el 29 de octubre de 1923 proclamó la República Secular, efectuó reformas en una gran cruzada de moralización y restauración de los valores fundamentales. Después de su elección como primer presidente de Turquía, recibió el título de Ataturk o padre de los turcos. Aquel imperio en crisis pasó a una etapa de renovación y de gran presencia dentro del concierto de Europa.

Esta referencia histórica resulta oportuna, porque parecería existir cierto parecido con lo que, de manera alarmante viene aconteciendo en el Perú en cuanto a una interminable secuela de detestables comportamientos,  descomposición moral de una sociedad que ya se ha acostumbrado a convivir con toda una exuberante corrupción, en todos los niveles: político, social, público y privado y una peligrosa secuela de criminalidad derivada de los malos ejemplos y la carencia de autoridad. Desde luego no hay un asomo de  rectificación o de acto de contrición ni la inmediata posibilidad de encontrar el camino correcto de recomposición, porque contrariamente se inscriben en las páginas oscuras de la nación: exacciones, enriquecimientos con los recursos del Estado, crímenes cuotidianos, derivados del mal ejemplo y de  insensibilidad, a tal punto que se va perdiendo hasta el más  mínimo concepto de respeto a la vida humana que hoy vale menos que unas cuantas pesetas.

El Perú no es un país pobre sino una nación empobrecida por la corrupción, que envilece, desmoraliza, y destruye. Está pasando por una curiosa realidad en la que se ha puesto en evidencia  una especie de  mitológica “Caja de Pandora”, hecha realidad y  de la que se escaparon todos los males, sin que haya existido algún Epimeteo que imprudentemente la destapara. La descomposición y decadencia moral son alarmantes y han adquirido dimensiones inconmensurables con manifestaciones somáticas de criminalidad, como forma de vida, tan alarmantemente en progreso que. Ojalá, no más, no nos destruya con la fuerza que acabó a Sodoma y Gomorra.