¿Cómo era el Parlamento de aquella época? ¡Qué diferente la realidad de antaño con la dispendiosa administración actual! Los parlamentarios carecíamos de sueldo, por toda retribución se nos proporcionaba, únicamente un modesto emolumento de unos quinientos dólares, más o menos, sin seguro, sin CTS, sin  bonificaciones ni gratificaciones y sin derecho a nada más. Recién y a partir de la legislatura de 1980 se consideró servidores públicos a los parlamentarios, pero sus sueldos, por todo concepto no superaban los mil dólares. El palacio legislativo era el único lugar para dar cabida a los integrantes de las dos cámaras. Éramos ciento cuarenta y cinco diputados y cuarenta y cinco senadores, a partir del año 1980 fueron incrementados a ciento ochenta diputados y sesenta senadores, en total doscientos cuarenta, cuyo presupuesto, en conjunto, no equivalía ni el tercio de lo que hoy consume una pequeña cámara de ciento treinta congresistas dotados de todo confort: elevados sueldos de privilegio, presupuestos operativos sin fiscalización, asesores, secretarias, asistentes y conserjes sin límite, seguridad, teléfonos, viáticos indiscriminados y otras gollerías.

Carecíamos de oficinas, una sala  común era el único recinto donde los diputados recibíamos a los electores y nuestra correspondencia oficial la teníamos que realizar en nuestros respectivos domicilios. No era lo que ahora ha llegado a la escandalosa situación de haberse convertido el Congreso en administrador de una especie de inmobiliaria que administra cerca de una decena de edificios, probablemente para dar cabida a la exuberante burocracia, consistente en un gigantesco ejército de empleados y servidores sin funciones claras. No se conocía la plaga de “asesores” de hoy, uno o dos para cada congresista. Sólo funcionaba un asesor por cada comisión  ordinaria, que sólo eran diecisiete, cuyos integrantes eran elegidos para todo el periodo legislativo, bajo el criterio de la especialización y no de los acomodos e intereses de hoy, en que los miembros de las comisiones truecan, cambiando de puesto cada año, en total burla de la elevada función legislativa, de acuerdo con determinados subalternos intereses o por simple afición mediática.  

Unas dos o tres secretarias, para cada cuerpo legislativo se encargaban de las comunicaciones telefónicas a larga distancia, en aquellos tiempos apenas funcionaba el teléfono con discado. Desde luego no está mal que haya cambiado todo y mejorado las condiciones de trabajo de los congresistas, pero no con los excesos que han terminado por convertir al Congreso en el recinto de una casta privilegiada, y con la voracidad que no termina.

Las funciones de las dos cámaras legislativas eran similares. Es un mito aquello de “cámara alta” y “cámara baja”, realidad sólo existente en Inglaterra, país en el que por tradición, la cámara alta corresponde a la de los Lores, integrada por nobles  y de modo hereditario y es sólo representativa, la que legisla y gobierna es la Cámara de los Comunes. Por lo demás, no es exacto que en Senado se hallaban los más experimentados y veteranos, pues, por razones del mayor número de integrantes, aparte de dos o tres representantes menores de treinta años, había en la Cámara de Diputados más veteranos que en el  Senado. Ambas ejercían la función de revisoras e indistintamente las proposiciones presentadas en el Senado eran revisadas por la Cámara de Diputados. La única diferencia residía en que la Cámara de Diputados era la única que podía interpelar y censurar ministros, y el Senado elegía a los vocales de la Corte Suprema y aprobaba los ascensos de generales y almirantes. Queda  así desbaratada  aquella especie de “alta” y “baja”, repetición inconsciente de realidades que no corresponde al Perú.