Cierta vez, el honorable ciudadano, Augusto Gildemeister Prado acuñó la frase: “en el Perú, la política es la única actividad en la que se puede robar con honores”. Y tenía razón, porque en efecto, las más pomposas condecoraciones simbolizadas en doradas preseas son, con alarmante frecuencia, indebidamente lucidas en pechos de detestables personajes que hicieron ludibrio del honor nacional, de los que sin recato amasaron fortuna con los recursos fiscales, después de haber transitado por elevados cargos públicos, y hasta vendieron la Patria. Desde luego hay honrosas excepciones. Desgraciadamente, de primera intención, no existe medio de diferenciar a los buenos de los  malos, porque al final de cuentas, todos aparecen nivelados con similares distinciones.  Es que fatalmente, y con frecuencia, se pierde la memoria, afección involuntaria de la que se aprovechan los ímprobos para parecer angelicales. La afrenta se completa cuando después que mueren, con sus nombres se bautizan calles, plazas, parques y avenidas, y en no pocas de ellas se erigen, con impudicia, estatuas y monumentos a favor de los que traicionaron a la Patria, se vendieron al enemigo y no tuvieron reparo en retacear el territorio nacional para repartirlo entre los vecinos. Si no, ahí están los tratados Muñoz-Neto, Ancón, García-Herrera, Velarde-Río Branco, Polo-Bustamante, Salomón-Lozano, Rada-Fgueroa, Protocolo de Río e Janeiro y el llamado de Paz, Fujimori-Mahuad, entre otros. La extensión del territorio peruano, antes de la Declaración de la Independencia era superior a 3’000,000 de kilómetros cuadrados, hoy se halla reducido a un 1’285,000 km2. Quienes lo redujeron retaceándolo, son los laureados.

Abundan en Lima y el resto del territorio calles, avenidas, parques repletos de  monumentos, placas con las que se encumbran a personajes, que por lo menos debieran ser olvidados. La principal avenida de Lima lleva el nombre del traidor en la guerra con Chile y autor del escandaloso contrato Dreyfus, Nicolás de Piérola. El  presidente García convirtió en héroe y transfirió sus restos al Panteón de Los Próceres, al  otro felón, Miguel Iglesias, que negoció con Chile y firmó el nefando Tratado de Ancón, baldón con  el que entregó las provincias de Arica y Tarapacá y dejó cautiva a Tacna durante 50 años. En San Isidro, su principal avenida le recuerda a José Antonio Pezet, firmante del Tratado Vivanco-Pareja, causante del combate del Dos de Mayo. También se honra a Oscar R. Benavides, el gran traidor, que entregó la provincia de Leticia a Colombia, después de haber asesinado a Sánchez Cerro. El Palacio de la Cancillería, lleva el nombre del traidor, José Bernardo Tagle, que se pronunció contra la Emancipación del Perú y contra Bolívar. Numerosos tiranos que hicieron escarnio de la dignidad nacional, que encarcelaron y asesinaron a peruanos por el  “delito” de reclamar justicia, y cuya lista es extensa, —que en esta cuartilla sería imposible consignar—igualmente figuran entre los que con sus nombres se bautizan calles y parques. Felizmente  se borró el nombre del tirano y traidor Leguía, de la actual avenida Arequipa. Es el procedimiento que debiera adoptarse para los numerosos que avergüenzan.