En Lima se halla acentuado, desde el inicio de la República, un centralismo mental, perverso, decadente, retrógrado, pero además, calculadamente interesado. Las autoridades ajenas a Lima carecen de libertad para ejercer sus funciones ejecutivas. No pueden efectuar obras importantes sin la venia de la burocracia limeña. Lima concentra todo el control o el descontrol del país, y hasta la galopante corrupción. Lo dicen las cifras siguientes:
32% de la población.- 33% de las universidades.- 51% de los trabajadores estatales.- 55% del PBI.- 55% de médicos.-70% de profesionales de la salud.- 75% de maestros de colegios.-75% del Producto Bruto Industrial.- 80% de la inversión privada.-80% de los préstamos bancarios.- 80% de las cínicas de salud.- 85% de las industrias.- 85% de la generación tributaria.- 85% de la inversión pública.- 9º% de de servicios comerciales.- 90% de servicios financieros.- 70% de concentración de vehículos motorizados.- 80% de la industria de la construcción.- 100% del turismo y 100% de la Representación Política Nacional.
Tan escandaloso drama no se da en ningún país latinoamericano. El centralismo es pernicioso, y quienes lo practican son enemigos del desarrollo del Perú, país que se halla a la zaga, no obstante ser la nación más antigua de América. Los gobiernos regionales y municipales sufren la tortura de tener las manos atadas, esperando el visto bueno de los “sabios” burócratas limeños que, a decir verdad, no conocen nada de nada, y sin embargo, se sienten los zares y dueños de la sabiduría infusa. Ninguna obra de envergadura la pueden ejecutar las autoridades regionales si antes no reciben la conformidad de los amanuenses ministeriales. Si las regiones devuelven los presupuestos, no se debe a su inoperancia sino a que se les vence el plazo antes de que en Lima les sea autorizada la ejecución de las obras. Y si los gobernadores y alcaldes proceden a realizarlas sin esa venia, su destino es la cárcel. Los emisarios de la Contraloría, muy bien aceitados, justifican sus estipendios y sus favores fustigando a las autoridades regionales, buscando cinco pies al gato y contribuyendo al atraso. Esa es la dramática realidad de esta nación inconclusa, desorientada, sin norte ni brújula
Nada de lo que aquí se sostiene es exagerado. Un par de ejemplos puede ser más didáctico. Comencemos por el turismo. No es el Cusco el que registra el primer lugar en materia de turismo, sino LIMA, porque no hay ningún turista extranjero que pueda viajar libremente a cualquier ciudad del territorio sin antes pernoctar en Lima. Todas las líneas internacionales están obligadas a aterrizar, antes, en el Jorge Chávez, en consecuencia, es Lima la que se beneficia con el 100 por ciento de los visitantes nacionales o extranjeros. Desde luego, se debe, también, a la mafia de los monopolios apadrinados por la corrupción central ¿Acaso el aeropuerto Jorge Chávez no se halla en poder de una empresa privada que es la que se opone a que las líneas aéreas vuelen directamente a los, lugares que los turistas escojan? ¿Quien puede estar en la posibilidad de contradecir esta verdad?
Otro ejemplo. Las regiones carecen de representación parlamentaria, pues sólo son utilizadas para las elecciones. Los congresistas, al día siguiente de ser elegidos, pasan a con vertirse en legisladores nacionales, integrantes del Congreso nacional; se trasladan a Lima, se alejan definitivamente de sus bases y se limeñizan. En el Perú no acontece lo que en Argentina, Colombia, Brasil, etc, naciones en las que se eligen dos tipos de representantes: nacionales y regionales, provinciales o estatales. Admitamos pues, que la tragedia del Perú es su centralismo, y por tanto su falta de integración y de identidad. Desgraciadamente, sigue vigente la sentencia lapidaria del poeta Abraham Valdelomar, quien hace décadas decía que el Perú era Lima, y añadía: “El Perú es Lima, Lima es el jirón de la Unión, el jirón de la Unión es el Palace Concert, y el Palce Concert soy yo.