Resultado de imagen para autogolpeLos IDUS en la Historia Universal están referidos a la trágica escena criminal que ensangrentó a la vieja Roma y que recuerda al cruel y aleve asesinato de Julio César, acontecido el año 44 antes de Cristo. Es algo que ha impreso en la mente humana un hecho de crueldad y de tragedia. Shakespear lo inmortaliza, cuando en el Hamlet consigna con trágica sabiduría: “Beware of the idus of march”. Curiosamente, ya existe IDUS para los peruanos, fatal designio, el de emular dramas, que a diferencia de los romanos para el Perú son ya son dos las tétricas fechas del 5 de abril, fatídicamente coincidentes, que recuerdan otros tantos dramas.
El 5 de abril de 1879 Chile le declaró la guerra al Perú, lo invadió, asesinó, destruyó caminos, puertos, viviendas, hasta fabricó felones que se asociaron a los invasores, entregaron territorios y sometieron hipotecada a la nación peruana por varias décadas. Fue la más horrenda tragedia que sufrió el Perú, en aquella criminal empresa llevada a cabo, siguiendo con devoción la consigna de su inspirador, el tirano Diego Portales, que en nombre de la consolidación de Chile, abrigaba políticas expansionistas sin tasa ni medida, basadas únicamente en la ambición y el odio.

El otro 5 de abril, (otro IDUS) corresponde a la tragedia política del país, perpetrada en el año 1992, cuando apareció un ciudadano peruano-japonés, para incursionar en la, desde luego decadente política criolla, a la que la prostituyó aún más, destruyó lo poco institucionalizado, descuartizó a los poderes del Estado, institucionalizó la gran corrupción, enajenó el patrimonio nacional, dio lecciones de cómo se le puede robar a la Nación, tan fácilmente, valiéndose de hábiles socios de la trapisonda como los Montesinos y la compañía y ciertos nefastos empresarios y generales de baja estofa. Algunos de ellos hasta se suicidaron, acatando, quizá, aquello que “cuando la vida es un dolor, el suicidio es un derecho y cuando la vida es una infamia, el suicidio es un deber” Y emulando a los felones que entregaron Arica y Tarapacá, firmó, como Iglesias, el llamado tratado de paz, un botín de guerra, producto del humillante desastre del Cenepa, por el que Mahuad repetía con arrogancia que su país había obtenido una “soberanía funcional, después de haber logrado arrancar de Alberto Fujimori el baldón por el que concedió al Ecuador, en el Amazonas, frente a Iquitos, dos enclaves económicos con goces de exoneraciones tributarias, total autonomía diplomática, libre tránsito y navegación y con todos los atributos y goces de soberanía absoluta, aun no ejecutados, pero que permanecen como una especie de Espada de Damocles.
Qué penosas son ciertas conductas de gran parte de los políticos peruanos, que nos recuerda a la del mendigo criollo “no quiero, no quiero, pero échamelo al sombrero”, esto es que todos rechazan la insolencia de aquel outsider que enlodó al país, pero casi todos se avienen sumisos al legado de ese “IDUS” criollo, de ese 5 de abril, porque alegremente se convirtieron en usufructuarios de todo cuanto repudian, se acogen y se sirven de todo cuanto puedan obtener de tal desconcierto, incluida la Constitución de 1993, (la número veintitrés) a la que a tiempo de calificarla de espuria y bastarda, se sirven de ella, a la hora de reclamar prebendas y canonjías. Los que la recusan son los primeros en invocarla. Desde su expedición ya pasaron veintiséis años, es la más longeva después de la antidemocrática carta de 1933, de la que muy poco se diferencia, porque mantiene los mismos vicios, los mismos privilegios y los mismos diques de contención de las malas conductas, la corrupción y el segregacionismo social.
Pues bien, así estamos, transcurridos ciento noventa y seis años de la Declaración de la Independencia, a las puertas del Bicentenario, no sabemos lo que iremos a celebrar, cuando sólo podamos presenciar juegos artificiales, cuetes y bombardas conque se iluminen los cielos de este territorio, que sólo es eso, como dijera Manuel Gonzalez Prada, cuando sentenciaba que el Perú no es una nación sino un territorio ocupado por grupos étnicos sin norte ni brújula, a lo que añadía José Matos Mart, que el Perú era una nación inconclusa, provista de instituciones muy débiles, como la del Poder Legislativo que más se parece a un reducido sindicato de fácil manejo y carente de respeto. Desde aquel luctuoso 5 de abril en que fue disuelto el Congreso, un aciago 5 de abril de 1992, el Perú junto con Venezuela, se diferencian muy poco institucionalmente.