Resultado de imagen para fujimori garciaUna clara demostración de la fragilidad política peruana fue la elección del desconocido ciudadano, Alberto Fujimori, en 1990, que irrumpió en la feria electoral de nueve candidatos y derrotó a sus rivales: Mario Vargas Llosa, Luis Alva Castro, Henry Pease, Alfonso Barrantes Lingán, Róger Cáceres Velásquez, Dora Larrea de Castillo, Nicolás de Piérola Balta y Ezequiel Ataucusi. Era favorito el candidato del FREDEMO, Vargas Llosa, pero tropezó con las demoníacas maniobras de Alan García, empeñado en desacreditarlo y favorecer a Fujimori, su nuevo socio. Valiéndose del aparato estatal lo satanizó y lo presentó como un terrible peligro diabólico, partidario de shocks y medidas traumáticas empobrecedoras. No fue difícil interpretar el objetivo de tal adhesión a Fujimori, de quien el principal factotum esperaba que le guardara las espaldas. García tenía pánico al triunfo de Vargas Llosa, su más feroz acusador, que lo fustigó acriminándolo de haberse enriquecido ilícitamente a costa de sucias operaciones en su fracasado gobierno de 1985-90 y lo amenazaba con investigarlo. Decía de él haber sido uno de los más descalificados moralmente en el gobierno integrado de bribones y cacasenos. Y en réplica a la campaña de pánico que había recibido de García, lo calificó de charlatán e indecente y sostuvo que durante su fallida administración se había llenado de casas y cuentas bancarias, le recordó de las dolosas operaciones con los aviones Mirage, el traslado ilícito de los fondos del Banco Central al quebrado Banco BCCI, las dudosas operaciones en el tren eléctrico, y que había presidido el peor gobierno que ha tenido el Perú, autor de la más terrible hecatombe, mucho mayor que la ocasionada por la Guerra con Chile en 1879. Lo ridiculizó por sus gestos grotescos, sus modales de bailarín aficionado a mover el trasero, le enrostró haber sido el mayor causante de la violencia terrorista, al rememorar sus expresiones en Ayacucho, en 1999, dirigidas a los jóvenes apristas a los que les decía: “Sendero Luminoso cuenta con militantes activos entregados al sacrificio y tienen lo que nosotros no tenemos”. Terminó acusándolo de haber sido uno de los mayores responsables del aniquilamiento de unos 300 internos en El Frontón y en otros penales.


Esta guerra, que presagiaba un divorcio político y personal, sin embargo en el año 2009, incomprensiblemente Vargas Llosa se olvidó y sin muestra de aprehensión acudió a Palacio de Gobierno para abrazar a su antiguo verdugo político y recibir de él, el encargo de presidir la Comisión de Alto Nivel del Proyecto del Museo de la Memoria. Ambos se habían olvidado de los recíprocos agravios del año 1990. Felizmente, aunque un poco tardíamente, el novelista renunció al encargo en setiembre del 2010, en una explícita carta en la que le acusó de ser proclive a decretar la amnistía de criminales contra los derechos humanos, entre otros cargos.

 

LA ALIANZA FUJIMORI-GARCÍA


En la segunda vuelta de las elecciones de 1990, Fujimori logró el 62 % de los votos, con el aporte de los votos apristas, y entonces la componenda con García quedó consolidada. Fujimori puso en práctica lo contrario a lo que había proclamado, estableció medidas económicas drásticas, frente a la dramática situación fiscal y monetaria, heredadas del desastroso gobierno de su socio, tan extremas que el entonces ministro de Economía Juan Carlos Hurtado Miller, al terminar sus tétricos anuncios concluyó con la patética frase “que Dios nos ayude”.


García contó con garantías y blindajes para no ser juzgado. Fujimori jamás lo acusó de nada. El supuesto “acoso policial” no existió. La manera como “escapó” fue un sainete, pues resulta ingenuo pensar que haya podido ocultarse nada menos que en el domicilio del presidente del Consejo de Ministros de Fujimori, Hurtado Miller, es decir en casa. Se hizo ludibrio de fe pública. Fujimori jamás había desatado persecución contra García, porque además, carecía de facultades para realizar detenciones sin mandato judicial. Todo se fabricó para el engaño.


Al contrario, hubo protección y disimulo frente a la farsa de García, el que recurrió a la pantomima de auto declararse perseguido político y asilarse en la Embajada de Colombia, tratando de compararse, con osadía, con la incomparable figura de Haya de la Torre, quien sí fue objeto de persecución política por la tiranía de Manuel Odría y permaneció asilado durante cinco años. García solicitó un innecesario asilo en la Embajada colombiana de la que salió sin problemas, pues si hubiera existido persecución — que no la hubo— y si Fujimori hubiese tenido las intenciones de atraparlo, sólo le hubiera bastado negarle el salvoconducto que le otorgó con tanta benevolencia para facilitarle su salida de la Embajada y su viaje a Colombia. Su obligación moral era someterlo a la jurisdicción del Poder Judicial. La sola negativa de conferirle dicho salvoconducto y la notificación de que tenía orden de detención judicial era suficiente para que la Embajada de Colombia procediera a entregar al asilado a las autoridades judiciales, pero no fue así, entonces García pudo viajar a Colombia, en condición de asilado. Durante diez años Fujimori se abstuvo de tramitar su extradición, pese a que ya existía acción judicial por corrupción derivados de una acusación constitucional por enriquecimiento ilícito formulada en la Cámara de Diputados, el 28 de setiembre de 1991, formulada por los congresistas Antero Flores Araoz, Rafael Rey Rey, Ernesto Gamarra Olivares, Marcos Herrera Pacheco y Ricardo Letts Colmenares, los que concluyeron así:


“La Cámara de Diputados, en nombre de la República, acusa ante el Senado al señor ex presidente de la República y senador vitalicio, doctor Alan García Pérez, por la presunta comisión de los delitos de enriquecimiento ilícito y contra la fe pública, durante el ejercicio de las elevadas funciones públicas que le correspondió cumplir en el país hasta el 28 de julio de 1990”.


La acusación fue sostenida en el Senado por la diputada Lourdes Flores Nano, pero ya García se hallaba en Colombia sin que el gobierno de Fujimori moviera un dedo para extraditarlo. El proceso de extradición depende únicamente de las decisiones del gobierno que en coordinación con la Corte Suprema, el trámite es viabilizado por la Cancillería. Fujimori, su aliado, cumplió con serle grato por el apoyo que recibió en las elecciones de 1990, permitió que transcurrieran diez años, a fin de que el acusado lograra la prescripción de sus procesos incoados. Además, la prescripción debía de haber sido interrumpida por la existencia de procesos en curso. Además, en la Corte Suprema se hallaban magistrados de afiliación aprista, colocados por el presidente acusado.


Unas muestras adicionales y demostrativas de la alianza García-Fujimori fueron: primero el apoyo a favor de uno de los líderes de Cambio-90, Víctor Paredes Guerra para la presidencia de la Cámara de Diputados, luego el arbitrario archivo de la acusación contra García y el vínculo con Agustín Mantilla, ministro del Interior, Secretario General aprista, hombre de confianza de García, acompañante de Fujimori en un viaje a Portugal, en 1998, con la anuencia del Partido, quien había declarado que no tenía inconveniente para ocupar el cargo de ministro de la dictadura, además recibió de su amigo Montesinos treinta mil dólares, según su propia declaración, para colaborar con el partido. Todo lo demás son pamplinas.