El domino 23 de este mes de abril fue el Día del Libro ¿Qué actuaciones especiales hubo aparte de la desairada feria bibliográfica que pasó casi desapercibida? Asistí a los recintos del espectacular Gran Museo de la Nación, un monumento a la arquitectura pero, también, a  la inopia cultural de este país. Programa en mano y con premura corrí a la hora, las 3 pm,  a fin  de ser uno de los primeros y no tener que verme postergado en las colas con las que suponía tropezar, supuse muy equivocado. Porque no fue así, 0h sorpresa, probablemente pudieron estar más concurridos los espacios del Cementerio Presbítero Maestro. Una sala vacía, unos cuantos frágiles escaparates sin mucho que exhibir, con algunos libros, no precisamente los más valiosos, y a precios prohibitivos. Se dice que los elevados impuestos a la cultura son los causantes.   

            En una urbe de once o doce millones de habitantes,  poco más de cien  personas dieron fe de la pobreza o tragedia cultural de este país, y eso que no costaba un céntimo, porque era totalmente gratis. Había presentido que tropezaría con una asfixiante muchedumbre destinada a celebrar el “EL  DÍA MUNDIAL  DEL LIBRO”, pero nada de eso, sólo hubo desolación y tristeza en los rostros de los pocos inquietos  exhibidores de libros mirando al techo de las instalaciones.           De todos modos, la realidad que ofrecía aquel  decepcionante escenario, sirvió para evocar los grandes éxitos que sí significan vulgares aniversarios como los del día de la MISTURA, o del pisco sour, o de la vendimia  y de las jaranas criollas  o de aquellos espectáculos de baja estofa que capitalizan ciertos  denominados artistas, que no son sino audaces aventureros, que no cantan, sólo gritan,  berrean y escandalizan con  gestos estrambóticos y procaces. Me resisto a creer que ese sea el nivel de la cultura de esta sociedad,  y que se sienta representada por  los miles de desesperados, casi inconscientes seguidores que se someten al sacrificio de dormir en las calles para lograr entradas y a precios prohibitivos e hipotecar sus economías con el fin de ver a esos embajadores de la vulgaridad y el escándalo. Quisiera que todo esto no fuera sino un mal sueño o una pesadilla que pasa. Pero no es un sueño.

            Desgraciadamente se trata de la realidad. Gozan de seguidores y fanáticos aquellos aventureros rockeros extrafalarios  que se desnudan en cuerpo y espíritu en los escenarios, lanzan alaridos y realizan toda clase de piruetas creyendo que trasmiten cultura, en tanto pasan desapercibidos y en la desolación los grandes exponentes del arte verdadero, de la música escogida y de aquellas manifestaciones que subliman el alma. Los teatros están reservados a los embajadores de la incultura, del desenfreno, de la lascivia y la  obscenidad, en tanto para los grandes y célebres exponentes del arte, que ocasionalmente se atreven visitar a Lima, son los pequeños teatritos de colegios, los destinados, como quien dice para salir del apuro.   

             Ahora sí que es posible encontrar una respuesta  a la inquietud de saber por qué este nuestro querido país se halla a la zaga, vigilando la cola de las sociedades más avanzadas, en un penoso estado de subdesarrollo, casi de desahucio. Tenía mucha razón Montesquieu cuando decía que los pueblos embrutecidos por la ignorancia no son capaces ni siquiera de elegir a sus autoridades. ¡Qué realidad!