Con justificada preocupación la ciudadanía se pregunta ¿por qué tanta delincuencia común, porque se organizan bandas en las que participan hasta policías y soldados, por qué tantas otras manifestaciones de corrupción? Desde luego, nada justifica las prácticas delictivas de diferente especie que proliferan en el país, pero, es evidente que el mal ejemplo cunde, sobre todo cuando la corrupción, mediante el robo sistemático al Estado y a los recursos que no llegan  a la población empobrecida, se halla nada menos que en manos de las propias autoridades; alcaldes, presidentes regionales, ministros, congresistas y hasta presidentes de la República, o cuando los subalternos de una entidad castrense ven “elegantemente” robar a sus jefes, mientras les recortan el rancho o la propina..

Sin temor a equivocarnos, podríamos afirmar que la delincuencia disminuiría considerablemente y sólo estaría reducida a un mínimo sector de elementos inadaptados y las leyes punitivas serían no sólo más drásticas sino justicieramente aplicadas sin distinciones ni privilegios. Pero será poco menos que imposible reprimir y eliminarla en las actuales condiciones, en las que se desenvuelve esta corroída sociedad peruana, especializada en falsificar títulos, diplomas y certificados de estudios, en la venta de ingresos a las universidades, en la liberación consentida y socorrida de delincuentes por parte de jueces venales, en la organización de sociedades para delinquir con los presupuestos fiscales, en obras públicas sobredimensionadas,  en la fabricación de adendas para robarle al Estado y en toda clase de triquiñuelas, no precisamente protagonizadas por el hampa de los bajos fondos sino por el hampa de los altos niveles.

¿Cómo evitar las reacciones de todo calibre, desde las protestas callejeras hasta la violencia y el crimen, cuando miles o millones de seres carecen de los más elementales servicios: agua, desagüe, energía eléctrica, vivienda  y hasta alimentos y ven y comprueban que talles omisiones se debe al exterminio de los presupuestos que van a parar en  manos de los encargados de cautelarlos, de políticos  y autoridades venales que con una mueca de displicencia y de desprecio ostentan comodidades, viajes, lujos y poder económico sobre la base del robo a la nación?

Nada justifican reacciones de tales dimensiones, pero tampoco les asiste autoridad para contener acciones de tal naturaleza, a quienes obligados a ser ejemplos de probidad y rectitud, son los primeros en dar el mal ejemplo, en claudicar, en renunciar a sus perentorias obligaciones de respeto y señorío, en reírse de la desgracia ajena  y practicar toda una serie de actitudes que exacerban el ánimo de las personas, sobre todo de aquellas que ven esfumarse sus esperanzas en la conducta delictiva y mucho más condenable de quienes reciben la confianza popular no para burlarse de sus electores sino para defenderlos.