Me temo que todo ha de reducirse a iluminar con juegos artificiales el cielo peruano. Si resucitaran José de la Riva Agüero y José Bernardo Tagle, declarados traidores por su resistencia a la Emancipación, probablemente sonreirían al comprobar que “tuvieron razón” al sostener que era preferible continuar dependiendo de la Corona, conducta reticente corroborada en Junín y Ayacucho, donde fueron contingentes extranjeros los que, integrando el Ejército Patriota, lucharon a favor de la Emancipación contra el Ejército Realista, compuesto de españoles y criollos peruanos, que defendían a la  Corona colonizadora.

 El Perú, el último de los emancipados, carece de próceres de la Independencia. No fueron peruanos San Martín, Bolívar, Sucre, O´Learry, Arenales, Brandsen, Cochrane, Miller, Guido, O´Higgins, O´Connor, etc. los que  lo libertaron. Se dice que la Independencia del Perú no fue obtenida sino concedida, y ante la falta de voluntad de desligarse del coloniaje, Bolívar, en su Carta de Jamaica, después de verificar la firme vocación  libertaria de los virreinatos de Nueva España, Nueva Granada y Río de La Plata, sostenía, despiadadamente: “El Perú, por el contrario, encierra dos elementos enemigos de todo régimen justo y liberal: oro y esclavos. El primero que  lo corrompe todo; el segundo está corrompido por sí mismo. El alma del siervo rara vez alcanza a apreciar la sana libertad: se enfurece en los tumultos o se humilla en las cadenas.

Iniciada la República cayó bajo otra dependencia, la de un sistémico militarismo prepotente, que durante más de cien años se apropió del país, fabricó 130 “presidentes” y 23 llamadas “Constituciones”, una suerte de reglamentos cuarteleros. Y como había demasiados aspirantes a la silla presidencial, los militares dividieron y se repartieron el territorio. Así, en 1834, en un solo año hubo siete “presidentes”, simultáneamente: los generales  Andrés de Santa Cruz, Agustín Gamarra, José Luis Orbegoso, José de la Riva Agüero, Pío Tristán, mariscal Domingo Nieto y general  Francisco Vidal, prueba del caos prevaleciente en la República. Esa es la realidad peruana.

González Prada, hace unos cien  años sostenía que el Perú no era una nación sino un territorio ocupado por grupos étnicos diseminados, y según José Matos Mar, una “nación inconclusa”. Por su parte el historiador Pablo Macera dijo cierta vez que “el Perú era un burdel”, y según lo refiere, Marco Aurelio Denegri, en su “Miscelánea Humanística”, pronto surgió la respuesta del sicólogo Baldomero Cáceres, quien le respondió a Macera que estaba equivocado, porque “los burdeles son lugares bien organizados”.

Y sobre la falta de solidez de la nación peruana, su carencia de instituciones, su informalidad política, sus vicios, malas costumbres y corruptelas, abundan las crónicas de Ricardo Palma, Manuel Atanacio Fuentes, Luis Antonio Eguiguren, E. Middendorf, Jorge Basadre, etc. Sobran razones para preguntarnos ¿Qué celebraros en el año 2021? Penosamente, 200 años de frustración. No cabe duda de que el yugo colonialista, de tres siglos, ha sido heredado e impuesto por clases dominantes instaladas en la insensible capital de la República, sede de autócratas con ínfulas de  ser poseedores de la ciencia infusa, que condenaron a las regiones al atraso, subdesarrollo y desunión. Una especie de sultanes criollos, creen que en Lima se halla la panacea de la solución de todos los problemas. Es evidente que en la mentalidad peruana ha quedado impregnado el estilo de aquellos dos imperios conquistadores dominantes: el Tahuantinsuyo de las decapitaciones, comunidad calificada por el historiador James Joyce, de esplendorosa barbarie, y la otra dependiente de la Corona hegemónica de Fernando VII.

El Perú ha transitado por experimentos disparatados. La nación más antigua de América ha quedado rezagada frente a los otros países suramericanos. Distinto habría sido su destino si en el Congreso Constituyente de 1822 no se hubiese rechazado irracionalmente la proposición de Sánchez Carrión para que se implantase el Federalismo, sistema que sí fue adoptado por otras naciones de América. Hoy, a la puerta de su bicentenario, víctima del destructor colonialismo criollo, el Perú es todavía dramático y vergonzoso escenario donde conviven todas las etapas de la Historia: Primitiva, Antigua, Media, Moderna y Contemporánea.

La  más notable política peruana es la despoblación del territorio. Cada año ingresan a Lima  500 mil peruanos de todos los confines. El 32 % de la población reside en la Capital. Dentro de unos 15 años concentrará a más de 20 millones, alrededor del 50 % de la población nacional, una hecatombe social de impredecibles consecuencias. Entre el 75 y 90% de la economía, tributación, vivienda, operaciones bancarias, autorización obras y gasto público, clínicas, médicos, burocracia y hasta la corrupción se hallan concentrados en Lima. Finalmente, los peruanos resignados al colonialismo criollo, muestran indolencia y conformismo, agobiados por el despotismo y la tutela del patológico centralismo que ha terminado por hacer utópica la unidad nacional. Sólo la descentralización política, económica y administrativa la hará posible, cuando menos  para poder  cantar un definido y definitivo Himno Nacional, hasta ahora incierto.