Es verdad que Augusto B. Leguía fue víctima de un martirio, encerrado en una pequeña celda con las ventanas tapiadas que no dejaban pasar ni un rayo de luz, donde murió allí consumido hasta el límite de poco más de treinta kilos, que fue el peso de su cadáver. Fue en verdad un trato inhumano incompatible con la civilizada y sana aplicación de la ley para los que delinquen. Es innegable que hubo un ensañamiento indeseable y una terrible crueldad anticristiana, paradójicamente semejante a las torturas de la Santa Inquisición.
Pero ¿Quien fue Leguía? Fue un gobernante que tiranizó al Perú, en dos etapas: la primera de 1908 a 1912, y la segunda de 1919 a 1930, en total quince años. La corrupción desatada durante la tiranía de Leguía fue de las más escandalosas. En el manejo de los empréstitos públicos propició la percepción de suculentas comisiones a favor de sus amigos y familiares. En la ejecución de obras públicas tenía preferente injerencia su primo Germán Leguía y Martínez conocido como “el Tigre” “tigre de uñas largas”-muy semejante al socio de Fujimori, y la activa participación de los hijos Augusto, José y Juan Leguía Swayne. Y aunque se ha discutido acerca de si Leguía se enriqueció o no, lo real es que él y sus tres hijos fueron condenados el 7 de enero de 1931 a prisión que debieron cumplir en el Panóptico, y al pago de una elevada reparación civil por el delito de enriquecimiento ilícito en el aprovechamiento de contratos y concesiones firmados por el Estado. La lista de acusaciones es extensa referida a empréstitos nacionales, licencias para el juego de envite, el comercio del opio, otorgamiento de privilegios y facilitación a los monopolios en la explotación del petróleo a favor de la Estandard Oil Company, la construcción de carreteras y ferrocarriles sin licitación, la compra de las haciendas Sasape y La Molina y otros. Diversas testimonios probatorios acreditaron la existencia de cheques girados por terceras personas por diversas cantidades a cargo del Banco del Perú y Londres, el 15 de mayo de 1930, para ser depositados en la cuenta particular de Leguía, tal como lo refiere Jorge Basadre en la “Historia de la República” 6ª edición, tomo II, páginas 3991-392..
En el proceso en referencia, quedó probado, cómo Leguía recibía préstamos de instituciones de crédito sin avales así como a favores que concedía a sus amigos, a hacendados en falencia y les favorecía con descuentos de pagarés suscritos por él. Uno de los importantes testimonios que sirvieron de base para la sentencia contra Leguía fue el documento publicado el 7 de enero de 1931 y firmado por los contadores Daniel A. Carlín y Luis D. Mederos; la existencia de letras entregadas por Leguía al Banco Italiano entre los años 1923 y 1924 por un importe de 82,019 libras esterlinas derivado de un supuesto negocio realizado en Inglaterra. Realizó, en verdad, importante obra pública, mas tal realidad no justificaba de ninguna manera que institucionalizara la gran corrupción, que nos recuerda a aquella tendencia vergonzosa y degradante, muy criolla “que robe pero que haga obras”, que es lo tradicional en este nuestro valle de lágrimas peruano donde, irónicamente, en este último tramo en que por primera vez se han celebrado cuatro procesos electorales, se hallan cuestionaos, nada menos que cuatro presidentes de la República.
Y en contraposición de la tradición diplomática peruana y de las lágrimas de miles de peruanos, fue el autor del baldón conocido como el Tratado Salomón-Lozano, por el que entregó a Colombia la provincia peruana de Leticia, el 24 de marzo de 1922, sometiendo a 17 mil peruanos a la más terrible humillación, y ante las protestas de l os ciudadanos en Loreto, obligó al prefecto de Loreto J. Molina Derteano que le enviara una relación de todos los ciudadanos que se oponían al tratado a fin de someterlos a castigos. Estos hechos fueron y otras tantas tropelías fueron los motivos que dieron origen al pronunciamiento político liderado por Guillermo Cervantes que estableció en Iquitos un gobierno federal, y hasta acuñó moneda, porque en represalia, Leguía trató de matar de hambre a la población loretana, privándole del pago de sueldos y salarios, clausuró la Caja de Depósitos y los bancos, entre otras inhumanas medidas. El movimiento fue sofocado encarnizadamente, con fiereza sin distinción contra varones, mujeres y jóvenes.
Un prestigiado escrito colombiano Alberto Donadio, en su libro: “La Guerra con el Perú” sostiene que el tratado “Salomón-Lozano” fue firmado en secreto y que más de un diario peruano afirmó que Lozano Torrijos pagó sumas de dinero por la firma del convenio. Sánchez Cerro llegó a sostener que el tratado costó siete millones de pesos. Y aunque Lozano Torrijos negó la existencia de la compra-venta, dice Donadio, que hubo quien consideró una arbitrariedad de Leguía la de negociar con un extranjero sobre asuntos técnicos, y que otra tesis apunto a la astucia del ministro colombiano que supo adular a Leguía hablándole de su enorme contribución que haría al del americanista al firmar el Tratado. Según el Comercio de Lima, el pacto fue fruto de una inconcebible derrota diplomática en que nuestra patria fue mutilada en plena paz al conjuro de fingidos ideales de amistad y de concordancia panamericanos.
Para respaldar su entrega a favor de Colombia, contó con un Congreso vasallo que como los rucios bajaron las orejas, para prestar su aprobación al baldón, de la misma manera como Alberto Fujimori, contó también con sumisos y felones congresistas en el Parlamento, en 1998 para aprobar aquel botín de guerra derivado del desastre del Cenepa, y que lleva el apeladito de Tratado de Paz, cuyos dos enclaves de 150 kilómetros cada uno, se hallan muy cerca de Iquitos, y que el presiden te Mahuad llamó “logro de una soberanía funcional”, tratado que no pocos aplauden sin haberle dado lectura ni a una sola línea.
Y si de más entregas se trata, en 1909, Leguía es el autor de la suscripción del tratado Velarde-Río Branco, por rl que cedió a Brasil 269,000 km2. En septiembre de ese mismo año, mediante el tratado Polo-Bustamante, benefició a Bolivia con 97,000 km2, y el 9 de junio de 1929 suscribió el tratado Rada-Figueroa, confirmando la entrega a Chile de la provincia de Arica y Tarapacá. Durante su larga presencia de 15 años, fue adicto a recursos peruanos, firmó la entrega del petróleo en 1922, mediante el laudo con el que la Standard Oil Company se convirtió en dueña de ese hidrocarburo, al adjudicarle a favor de su subsidiaria, la Internacional Petroleum Company, toda el área de la Brea y Pariñas, con los consiguientes beneficios aprobados por un Congreso obsecuente, mediante la ley 4498, según la cual se le congeló toda obligación tributaria y la IPC quedó libre de pagar impuestos durante 20 años, además de haberle liberada del pago de todo canon.
Diremos, sin embargo, que nuestro personaje, Leguía, exhibía, sin empacho, una conducta de sumisión extranjerizante. Debe recordarse que por decreto Supremo de 4 julio de 1920 sometió al Perú al paternalismo de los Estados Unidos declarando a dicho día, Fiesta Nacional en honor a la Independencia de ese país. Convencidos de su enfermiza vanidad, los embajadores norteamericanos llegaron a proponerle candidato al Premio Nóbel de la Paz, llegando a decir de él que poseía el valor de César Vallejo, el poderío de Napoleón, la dimensión de Lincoln y la diplomacia de Richelieu.
Proclive a recibir títulos y alimentar su narcisismo y delirio de grandeza, caracterizado como todo tirano, a la usanza de Pisístrato, que se caracterizan por su arrogancia, por la adopción de títulos pintorescos, su narcisismo y prepotencia, Augusto B. Leguía no fue la excepción. En sus últimos once años de 1919 a 1930, se convirtió en a el campeón del endiosamiento a su persona, proclive a la adulación y el servilismo, a la acumulación de obsecuentes servidores de librea y a la obsesión por maltratar a sus siervos. Vengativo contra los que no se sometían a sus caprichos, cierta vez arrestó y desterró al poeta colombiano Porfirio Barba Jacob por haberse éste negado a redactar la biografía del tirano como si se tratase del libertador Bolívar. Barba Jacob le había respondido que Bolívar era otra cosa. Como respuesta el tirano lo desterró. Y dominado por su megalomanía se hizo bautizar por sus áulicos con pintorescos títulos como: “Leguía el grande”, “Salvador de la Patria”, “El nuevo Mesías”, “Hijo de la Democracia”, “Prócer de la República”, “Maestro de la Juventud”, “Sembrador de energías”, “Reconstructor de la Nacionalidad”, “Guía de espíritus mozos”, “Obrero del pensamiento y de la acción”, “Lincoln del Perú”, “Gigante del Pacífico” etc.. Sufría de un delirio de grandeza digno del psicoanálisis.
Y en su afán de perennizarse en el poder, trató de congraciarse con la fe católica de los peruanos y de la Iglesia al decretar, por sí y ante sí, la entronización del Sagrado Corazón de Jesús al Estado, en 1924, hecho que conmocionó a la sociedad y generó el pronunciamiento de la Federación de Estudiantes de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos teniendo de líder al estudiante Víctor Raúl Haya de la Torre para rechazar la maniobra de Leguía, quien enfurecido terminó deportándolo e imponiendo en el país una larga etapa de persecución, de cárcel y destierro, desacatando el respeto a los derechos individuales que contenía su personal Constitución que elaboró al encargarse del gobierno.
Este corto espacio no permite explayarse aún más en la sinuosa etapa de la más larga tiranía que sufrió el país durante la autocracia de Leguía, sobre el que estamos seguros de que no han de faltar ciegos defensores, como otros tantos que suelen ser seguidores de la satrapía, hasta nuestros días, como si algunos pocos aciertos podrían ser suficientes para justificar los mayores agravios que se inflige a la Patria.