En una reciente entrevista ofrecida a la distinguida periodista Gabriela Wiener, en un diario local, el ensayista ecuatoriano, abogado y doctor en Teoría de la Literatura, Diego Falconí (Premio Casa de las Américas) al referirse al muro en construcción en el Ecuador, muy cerca de la frontera con el Perú, ha afirmado que ambos países (Perú y Ecuador) son pobres, andinos, históricamente oprimidos y bélicamente inofensivos”, y en aras de sus buenos propósitos proclamaba la buena vecindad y hermandad que deben prevalecer entre ambas naciones.
Desde luego, nadie puede estar en desacuerdo con tan plausibles propósitos, pero probablemente, debido a su juventud —que desde luego no justifica su carencia de información—ha dejado escapar, el escritor ecuatoriano, algunas inexactitudes. Es verdad que ambos países son históricamente oprimidos, pero está equivocado al sostener que el Perú sea pobre, lo que no es exacto, pues, el Perú es un país muy rico, pero con una población empobrecida por la corrupción. Y respecto de que ambos son andinos, no cabe la menor duda, sin embargo, el distinguido escritor ecuatoriano no debe ignorar que ambas naciones son ahora igualmente amazónicas: el Perú por derecho propio, desde sus orígenes, pero el Ecuador, convertido en amazónico, en virtud del baldón conocido como “Protocolo de Río de Janeiro” de 1942, denominado de “Paz, amistad y límites”, conferido generosamente por el autócrata, de entonces, Manuel Prado Ugarteche, después del conflicto de Zarumilla de 1941, por el que le fue concedido ciento tres mil kilómetros cuadrados de territorio.
Finalmente, y esto es lo trascendental, cuando incurre en una segunda inexactitud histórica, al concluir que ambos países son “bélicamente inofensivos”. El calificativo de bélicamente inofensivo le cae, como anillo al dedo, sólo al Perú, bautizado como el país más pacifista de Suramérica, título que se ha ganado debido a su tradicional y sempiterna flexibilidad en la conducción de su política de concesiones de territorio a favor de sus vecinos, por medio de tratados llamados de paz. Ecuador, en cambio, ha actuado de diferente manera, y a propósito del significado que pudiera tener la construcción de un muro anexo a la frontera con el Perú, no se puede olvidar su antigua actitud belicista con la que acompañó a su política expansionista territorial, para la que ha utilizado todas las acciones posibles y las imposibles, a fin de justificar ilegítimas reclamaciones territoriales.
Tradicionalmente la política expansionista y beligerante de ese país jamás ha cesado, lo prueban elementos documentarios irrebatibles, como protocolos, convenciones y tratados, durante todo el periodo republicano, como el Tratado Galdeano-Mosquera, de 1823; Tratado de Guayaquil, de 1829 y Novoa-Pando de 1832, entre otros. Después de disuelta la Gran Colombia, jamás ha cesado en sus pertinaces alegatos expansionistas y belicistas, reclamando territorios como suyos, sin más sustento que los de una errada política nacionalista mistificadora. Lo prueban numerosos tratados, como la Negociación Charún–Daste, de 1842; la Convención arbitral de 1887; Tratado García-Herrera, de 1890; Tratado Pardo-Aguirre Aparicio y Cornejo-Velarde, de 1904. Antes, y derivada de su programada campaña, en 1841 se había forzado una reunión en Quito, entre el plenipotenciario peruano Matías León y el ministro ecuatoriano J. Valdivieso, con el fin de tratar el problema derivado de su intento de incorporar al Ecuador, las provincias peruanas de Jaén y Maynas. Un año después, mediante la denominada negociación Charún-Daste, en 1842, el Ecuador, ilegítima e irracionalmente solicitaba la devolución inmediata de las referidas provincias de Jaén y Maynas, como si fuesen suyas, lo que, como era natural, originó el fracaso de todas las negociaciones.
Creado el departamento de Loreto, el 10 de marzo de 1853, con sus límites establecidos en la Real Cédula de 1802, inmediatamente el gobierno ecuatoriano, a modo de provocación, expidió una ley por la que, in péctore, declaraba libre la navegación a los ríos Chinchipe, Santiago, Morona, Pastaza, Tigre, Curaray, Napo, Naucama, Putumayo y otros ríos afluentes del río Amazonas, y a los que, unilateralmente, los calificaba de ecuatorianos. Desde luego, jamás cesaron sus campañas expansionistas que motivaron convenciones y suscripción interminable de tratados. Por su parte el Perú, en 1890, generosamente suscribió el tratado García-Herrera renunciando a favor del Ecuador de sus títulos sobre los territorios de Quijos y Canelos, en una condenable abdicación, que en su momento fue motivo de protesta nacional. Y no obstante haberse suscrito el Tratado Cornejo-Velarde, de 1904, que derivó el arbitraje del Rey de España, tropas ecuatorianas invadieron territorio peruano en el puesto denominado Aguarico-Loreto, para conminar a las fuerzas peruanas a que abandonaran el lugar denominado Bolognesi, y ante la negativa de los peruanos se desató el conflicto sangriento de Torres Causana.
En 1924 fue suscrito el Protocolo Castro Oyanguren- Ponce, que tampoco fue acatado, hasta que en 1942 se firmó el Protocolo de Río de Janeiro, ya referido por el que Ecuador se convertía en país amazónico después de ampliar su territorio en más de cien mil kilómetros cuadrados. Como el Ecuador no reconocía ni siquiera las concesiones que a su favor constaban en dicho Protocolo, dio origen a la guerra del Cenepa de 1997, que concluyó con la suscripción del denominado Tratado de Paz de 1998, un triunfo de ese país, que reflejan las no pacíficas relaciones de más de un siglo.
Las ilegítimas aspiraciones de Ecuador, jamás habían cesado y se reflejaban en cada ocasión que se le presentaba, así debe recordarse como durante la guerra del Perú con Chile, iniciada en 1879, el Ecuador aprovechó la dramática circunstancia para invadir territorio peruano y posesionar a sus tropas en una zona del río Napo. El empeño ecuatoriano no tuvo límites, ningún tratado le satisfizo, siempre mantuvo como bandera su política expansionista amazónica, que la difundía permanente y obligatoriamente en su país mediante textos escolares con el lema “Ecuador país amazónico” y en los que incluía como de propiedad ecuatoriana, los territorios peruanos de Tumbes Jaén y Maynas.
La historia es muy rica en esta materia, se requerirían volúmenes para referirnos a ella. Pero de lo que no se puede prescindir es de la historia de la tradicional política expansionista ecuatoriana acompañada de campañas belicistas, de provocaciones y acciones violentas en diferentes escenarios. Es inolvidable aquella perpetrada contra la legación peruana en Quito seguida de saqueos a las propiedades peruanas, que desde luego dio origen a serios conflictos posteriores, siempre, desde épocas remotas, derivados de su ya referida política expansionista y su predisposición no amistosa para con el Perú. En tal sentido, no es posible olvidar, la demostración de la afinidad de Ecuador con Chile en campañas contra el Perú. Recuerdo que el general peruano EP, Armando Chávez Valenzuela, Director del Instituto de Estudios Militares, refería que en 1970, el general chileno Augusto Pinochet, con ocasión de apadrinar la Escuela de Guerra de ese país, cuya organización patrocinó, les aconsejaba a los generales ecuatorianos que “para el logro de su posesión en la Amazonía Peruana sólo deberían colocar dos puntas de lanza en el departamento de Loreto porque ellas caminarán solas”.
Y el consejo se cumplió con la firma de ese otro baldón firmado por el gobierno de Alberto Fujimori, conocido como Tratado de “Comercio y Navegación”, al que el presidente Jamil Mahuad, lleno de entusiasmo con aire triunfal, lo calificó de “soberanía funcional” en el Amazonas. Y es que para el Ecuador fue la gloria, al imponer condiciones, porque se establecieron enclaves económicos consistentes en dos áreas de 150 hectáreas cada una en los puertos de Saramiriza y Pijuayal cerca de Iquitos. En ellos se faculta al Ecuador ejercer actividades comerciales exoneradas de impuestos durante cincuenta años prorrogables, es decir, a perpetuidad. Según el artículo 29º del Tratado, es libre de acreditar autoridades diplomáticas con goce de facilidades, privilegios e inmunidades establecidos en la Convención de Viena del 24 de abril de 1963. La entrega la tenía planeada Fujimori desde que le hizo generosas ofertas al presidente Rodrigo Borja, por cartas de 24 de noviembre de 1991 y 10 de enero de 1992, cuatro documentos básicos, más treinta y siete anexos., registrada en la revista Nº 27 de la Academia Diplomática. Los enclaves en referencia han sido declarados inejecutables, y ojalá que así sea a fin de lograr la paz definitiva.