Es posible que muy pocos habrán reparado en la hecatombe que le espera a la ciudad de Lima, para los próximos veinticinco años. Serán los niños de hoy quienes podrán sufrirla. ¿Es acaso un presagio de  alguna pitonisa? No. El drama está a la vista. De acuerdo con los censos, en 1836 la población de Lima era de l`373,736 habitantes. En 1,850: 2`001,203. En 1862: 2`487,916. En 1876, 2`699,106. En 1972: 14`121,564. En 1993: 22`639,443. Actualmente, pasa de 11 millones, más del tercio de la población peruana. En el 2050, será más de 30 millones.

Anualmente ingresan a Lima 500 mil peruanos. Si no se pone en práctica alguna política patriótica, que es lo más seguro, la población limeña será de poco más de 30 millones en el 2050, más del cincuenta por ciento de la población territorial, drama no sufrido en ningún lugar del mundo, y que en la capital peruana resultará insufrible —ya lo está siendo— dada la caótica realidad limeña, su heterogénea y arbitraria expansión, su carencia de planificación y de educación, etc.

En una ciudad donde vivimos a nuestra suerte, en el que a casi nadie le interesa el orden y la disciplina, y si actualmente hay dos millones y medio de personas en extrema pobreza, que sobreviven en las colinas, cerros y tugurios, sin agua, sin energía, sin veredas, sin orden, en  medio de toneladas de basura, y donde se fabrica, enfermedades, muerte y delincuencia, ya podemos imaginarnos la hecatombe dentro de tres décadas más, que están a la vuelta de la esquina. Si en determinados lugares del Ande se mueren niños por nutrición y hambre, en Lima actualmente hay unos dos millones y medio en similares condiciones. Lima y Callao son las zonas de mayor índice de tuberculosis, de atracos, homicidios, sicariatos y todos los flagelos imaginables.

Ahora surge la pregunta: ¿A qué se debe tan espantoso escenario? AL CENTRALISMO decadente y  degradante, fenómeno que es  una tara exclusiva del Perú y que ya lleva doscientos años de hegemónica curatela. No son centralistas, por ejemplo, Brasil, Argentina, Colombia, ni de Bolivia, Ecuador o Praguay, naciones en las que hay grandes ciudades que compiten con  la Capital. En Brasil, su  capital Brasilia ocupa el puesto número treinta. Ejemplos sobran.

Perú es la única nación de una sola ciudad. En ella se concentran todas las actividades económicas, bancarias, financieras, industriales  hospitalarias, tributarias, presupuestarias y hasta burocráticas, en un porcentaje que oscila entre el 80 y 90 por ciento. Ni qué decir de la corrupción. Lima es una insensible Capital que no produce nada, es sólo consumidora. En los Andes están todas las minas depositarias de todos los metales. En la Amazonía, el petróleo, gas, madera y tantos otros recursos inconmensurables. Y si el mar es productor ictiológico, tal riqueza pesquera sirve sólo para engordar a los arrastreros que lo explotan sin piedad en beneficio de ciertas castas asociadas a intereses extranjeros. ¡Qué viva la jarana aunque no se coma mañana!