Del libro: PERÚ: 184 años de corrupción e impunidad

De  Héctor Vargas Haya

 

REVOLUCIONES  PATRIÓTICAS

La Recuperación de Leticia

 

Este es un glorioso episodio, pero al mismo tiempo penoso. Han transcurrido de eso, más de setenta años y es un asunto concluido, pero no por eso olvidado. Se trata de Leticia, provincia que integraba la región Loreto y dejó de pertenecer al Perú por obra de las dictaduras de Augusto B. Leguía y Oscar R. Benavides.

Primero fue el dictador Leguía que la entregó, mediante la firma del baldón titulado Tratado Salomón-Lozano, de fecha 24 de marzo de 1922. Luego de que en 1932, fuera recuperada por el pueblo de Loreto, el otro dictador, general Óscar R. Benavides se encargó de devolverla el 26 de mayo de 1933, desconociendo la gesta de la Junta Patriótica de Loreto, del 1 de septiembre de 1932.

El verdadero nacionalismo se basa en el perfecto conocimiento de su realidad, de sus héroes y de su historia y en guardar gratitud, por lo menos recordando y emulando a quienes legaron patria y honor. Y ese es el caso de la acción realizada el 1 de septiembre de 1932, cuando un  puñado de ciudadanos loretanos, se entregaron a la causa de recuperar el territorio cautivo.

En el valioso archivo del ilustre periodista y escritor loretano, Alfonso Navarro Cáuper consta el acta de fundación de la Junta Patriótica de Loreto, cuyo objetivo fue el retorno de la provincia de Leticia al seno de la Patria, propósito logrado pero, desgraciadamente desconocido por el tirano Oscar R. Benavides, el que, además, desató feroz persecución contra los defensores de la Soberanía Nacional. El texto del acta  es el siguiente:

“En Iquitos , a los veintisiete días del mes de agosto de  mil novecientos treinta y dos, siendo las ocho y treinta p.m. reunidos en la casa de la calle Ramírez Hurtado, (consultorio del doctor Ponce), los señores: teniente coronel D. Isauro Calderón, capitán de corbeta, D. Hernán Tudela y Lavalle, ingenieros D. Oscar H. Ordóñez de la Haza, y D. Luís A. Arana, doctores D. Guillermo Ponce de León, D. Ignacio Morey Peña, D. Pedro del Águila Hidalgo y D. Manuel I. Morey, se procedió a dar lectura  al compromiso de honor presentado por el ingeniero Ordóñez, que encierra el juramento solemne para llevar a cabo el plan patriótico de reivindicación de los territorios cedidos a Colombia por el tratado de 1922 que debe iniciarse con la toma de Leticia”

Fueron varios acuerdos, entre ellos la adopción de medidas de prevención y seguridad, el aprovisionamiento inmediato de armamentos, la coordinación con los Institutos Armados, que en aquellos momentos,  representados por los comandantes Isauro Calderón y Hernán Tudela y Lavalle, ofrecieron su apoyo al movimiento.

La acción cívica triunfante de la recuperación acaeció el 1 de septiembre de 1932, por sorpresa, pues, por estrategia, adelantaron la fecha señala originalmente para el 15 del mismo mes. La capitulación de las autoridades colombianas y la posesión de los peruanos en el territorio en cautiverio fue inmediata después de una inteligente emboscada. Los peruanos irrumpieron en el local municipal de Leticia y otras dependencias, y detuvieron a policías y civiles. Moradores y autoridades huyeron. Se izó la bandera peruana y se dio aviso al gobierno de  Sánchez Cerro, quien resolvió respaldar las acciones y consolidar la recuperación de la provincia cautiva.

Las instituciones navales del Perú, en Lima por orden del gobierno, organizaron dos fuerzas para la expedición hacia Iquitos: una, bajo el título de Fuerza Avanzada del Atlántico (FAVA), constituida por el BAP “Grau” y los submarinos R-1 y R-4; y la segunda, la Fuerza Naval del Pacífico constituida por el BAP “Bolognesi” y los submarinos R-2 y R-3.

Relata el almirante de la Armada Peruana, Pedro Gálvez Velarde, en su libro “La Bitácora de mi vida,” que la acción fue apoyada por el pueblo, las Instituciones Armadas y la Policía, destacadas en la zona y que el gobierno de Sánchez Cerro expresó su respaldo e  inició la preparación del país para la guerra, luego de enterarse por un mensaje publicado en el diario “La Región” de Iquitos. Que la Fuerza de Avanzada del Atlántico, al mando del capitán de navío Héctor Mercado, jefe de estado mayor, y el capitán de Fragata Enrique Monge, zarpó en el BAP “Grau” a las órdenes del capitán de navío, Víctor Escudero, en abril de 1933, entre ellos el entonces, teniente 2º Pedro Gálvez Velarde. Que simultáneamente,  Sánchez Cerro reunió a 30,000  soldados en el hipódromo de Santa Beatriz para enviarlos a Iquitos. Y que habiendo arribado la flota al puerto de Belem-Pará, lista para ingresar al Amazonas, el comandante Mercado recibió la orden de zarpar a Leticia, pero para entregarla a una Comisión Internacional, de acuerdo con el tratado de paz que se había apresurado a firmar, Benavides, días después del alevoso asesinato de Sánchez Cerro.

Que en tales circunstancias, el jefe de la misión, comandante Mercado firmó esta respuesta:

“La misión de esta fuerza al salir del Callao ha sido para de­fender los sagrados intereses de la patria y no para hacer entrega de nuestro territorio a ninguna comisión internacional. Firmado: Héctor Mercado”.-(Ob. cit. pp. 93 a 100.

En la Historia de la República, Jorge Basadre elocuentemente utiliza el siguiente epígrafe “Bena­vides y el asesinato de Sánchez Cerro” y confirma lo acontecido aquella aciaga tarde del 30 de abril de 1930, en que Sánchez Cerro fue asesinado a la salida del Hipódromo de Santa Beatriz después de pasar revista al contingente de  soldados que se aprestaban a viajar a Iquitos.

Otros testimonios fehacientes revelan la actitud del presidente colombiano Enrique Olaya Herrera, quien, indignado por el logro de los peruanos, no pudo ocultar su ira y sus amenazas contra Sánchez Cerro, como veremos luego.

Estas consideraciones confirman que el motivo del asesinato no fue otro que el de frustrar la recuperación de Leticia y descartan toda especulación en el sentido de conferirle al magnicidio connotaciones diferentes. Muy sutilmente, por eso, Basadre se remite al libro de Víctor Villanueva “El Militarismo en el Perú”, que acusa a Benavides como el responsable. No ha existido autoridad alguna que haya absuelto a Benavides, y dadas las serias pruebas en su contra. Luis A. Flores, jefe del Partido Unión Revolucionaria y miem­bro del Congreso Constituyente, fue el más elocuente cuando sostuvo:

“A los cinco años de la revolución de Arequipa, una persona que por casualidad había llegado al gobierno, adoptaba una actitud  que se confirmaba con el rumor público que la mano que apretó el gatillo para quitar la vida al general Sánchez Cerro se encontraba en el gobierno. El asesino del 30 de abril se encuentra en Palacio de Gobierno” Jorge Basadre: Historia de la República del Perú, 6.ª ed., pp. 421 y 423).

Sánchez Cerro, había afirmado que la entrega de Leticia fue objeto de una transacción monetaria, declaración que la prensa de Lima la  publicó y repitió, aunque  el canciller colombiano Lozano Torrijos negó haber entregado suma alguna. Defendió a Leguía diciendo de él que era un hombre vanidoso y que  se sintió adulado cuando le advirtió que con la firma del tratado “Salomón –Lozano” y la entrega de Leticia, contribuiría con el ideal americanista. Según Luis Miguel Sánchez Cerro, sucesor de Leguía, el  tratado costó siete millones de peso, versión difundida en diarios peruanos. Así lo señala el escritor, Alberto Donadio en su libro “La Guerra con el Perú, ed. 1995, pp. 76 y 278).

Esta aseveración parece estar corroborada con el inmediato pedido del presidente Olaya Herrera al Congreso de su país a fin de que autorice un préstamo de diez millones de pesos para la defensa de posesión territorial de Leticia. Para ello invocó la inminencia de una guerra contra el Perú. Pero, el préstamo que, inmediatamente fue logrado, carecía de objeto –dice el colombiano, Alberto Donadio- por cuanto la realización de una guerra era improbable ya que se hallaba en marcha el programado retorno de Leticia entre Benavides y el presidente Olaya (Alberto Donadio: Ob. cit. p.191).

Donadio sostiene, además, que el acuerdo por la administración de Leticia fue aceptado por el gobierno de Benavides, bajo las condiciones de utilizar el menor número de soldados y no divulgar que se trataba de tropas colombianas y afirmar que eran peruanas, a fin de no herir la susceptibilidad de los peruanos. Y finalizada la entrega, el embajador de los Estados Unidos de entonces, Fred Morris Dearing, desde Estados Unidos declaró que “No puede uno  evitar el sentimiento de gratitud hacia el pobre asesino de Sánchez Cerro, cuya bala acabó con la  carrera de ese hombrecillo perverso y mal aconsejado y que condujo a la desinte­gración de su régimen represivo e intolerante”. Donadio también sostiene “Con la muerte de Sánchez Cerro se cumplía una predicción hecha en Bogotá por Olaya poco después de la invasión a Leticia” “ En última instancia, supongo que uno de los dos caerá, yo o Sánchez Cerro” (Alberto Donadio: ob. cit. pp. 278, 286).

Después de la antipatriótica e inconstitucional posesión de Benavides, en la  presidencia de la República, disolvió las tropas organizadas que desfilaron en el hipódromo de Lima y dictó una contraorden para que regresaran al Callao las flotas de la Marina que se encontraba en Belem Do Pará, rumbo a Iquitos.

En el mes de mayo Benavides invitó a su amigo de diplomacia Al­fonso López Pumarejo, candidato presidencial colombiano, quien logró se convenciera al Congreso peruano para que el conflicto fuese resuelto en “paz” y el 26 de mayo de 1933 Leticia pasó a ser administrada  por la llamada Sociedad de Naciones.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Revoluciones federalistas peruanas

Por lo menos tres fueron los movimientos revolucionarios insurgentes y federalistas de mayor trascendencia, acontecidos en el departamento, hoy región de Loreto. Fueron como expresión de protesta y rechazo contra la indiferencia, el desdén y el menosprecio del centralismo, que mantenía en total abandono a la población de Loreto y a sus instituciones militares y policiales, pese a la riqueza que generaba la explotación de sus recursos naturales más valiosos como el caucho, que significó más del 25 por ciento de las exportaciones nacionales y un porcentaje elevado del Presupuesto Fiscal.

Los citados pronunciamientos, contrariamente a la especie elaborada por algunos analistas de la plutocracia oficial, no tuvieron ningún a intención separatista. Sólo aspiraron a establecer un sistema justo de independencia y autonomía de las regiones contra el llamado “orden constituido”, que no era otra cosa que un asfixiante centralismo, hasta hoy no terminado. Aquellos calificativos entonces resultaron falaces y lo único verdadero fue el azote de la indiferencia capitalina, el desprecio de los inquilinos de palacio de gobierno y el abandono en que mantuvieron a los servidores públicos, a las tropas de las guarniciones en la Amazonía, a las que se les mantenía durante meses sin pagarles sus sueldos y salarios y hasta el importe de sus modestísimos ranchos, los servicios de salud, educación, saneamiento. La población creciente de Iquitos se mantenía de alguna manera, debido la influencia de inmigrantes y a la generosa protección eventual de la madre naturaleza..

El escritor Hildebrando Fuentes, que fuera prefecto de Loreto,  hasta 1905, limeño residente, se encargó de desmentir con energía la injusta acusación de antipatriotismo contra la colectividad loretana. En su libro sobre “Loreto: apuntes geográficos, históricos, estadísticos, políticos y sociales figura su respuesta, a tales iniquidades, a su retorno a Lima, reproducida en el periódico “La Opinión Nacional” de fecha 17 de agosto de 1906. En él refuta tales infamias con conocimiento profundo de la verdad. Sostiene que nadie piensa en independencia y separación ni en imponer por la fuerza la forma federal a la República y dice que en Loreto hay más patriotismo que en muchos pueblos que blasonan de tal sentimiento sin sentirlo con tanta intensidad y tanta pureza como esa gente sencilla.

Y al  resaltar las actitudes de la colectividad de Loreto, señala Fuentes, un criollo limeño, residente en Iquitos como autoridad política.:

“El 28 de julio el niño loretano se regocija, la mujer como en ningún otro día se engalana, el hombre fuerte, el cauchero aguerrido reposa y se divierte, y hasta el anciano, que ya se encorva sobre  la tumba, tiene en sus labios una sonrisa. Y ¡Qué aún se piense que allá no se quiere a la patria, que allá pudiera surgir algún desorden político, que la idea federal pudiera imponerse por la fuerza, que ese trozo de la tierra peruana aspire a su independencia! ¡Qué error, jóvenes amigos! Y finaliza expresando:

“Lo que sí desearía Loreto es la federación peruana, porque esta forma política  de gobierno,  aunque todavía sería un mal p ara el resto de la República, que en gran parte no tiene aún toda la instrucción, todo el civismo, toda la fuerza, toda la riqueza necesarias para una conquista política de semejante magnitud, convendría sí a Loreto que tiene elementos para regirse por sí mismo y riqueza bastante para afrontar  el árduo problema”

De aquellas  manifestaciones han transcurrido más cien años, pero la situación no ha variado mucho. Por ello bueno es recordar acontecimientos históricos que han sembrado y construido hitos imborrables como las dos o tres acciones revolucionarias a las que nos referimos. De ellas, dos son las mas notables por cuanto lograron constituir gobiernos federales si bien independientes y autónomas pero respetuosas de la unidad de la República sin ningún atisbo separatista, tal como interesadamente refieren algunas mentes poco enteradas y también mal intencionadas.

Dos fueron las revoluciones más trascendentes que desembocaron en la organización de estados federales, presididos por juntas de gobierno: la primera, en 1895,  comandada por Ricardo Seminario y Aramburu y Mariano José Madueño, y la segunda, por Guillermo Cervantes, en 1921. Hubo otros conatos revolucionarios sin mucha repercusión. Todas ellos se inspiraron en ideas renovadoras descentralizadoras como expresión de repudio a la política de concentración del poder en Lima.

 

 

PRIMER GOBIERNO FEDERAL DE LORETO

 

El 2 de mayo de 1896, Ricardo Seminario y Aramburu, y Mariano José Madueño, proclamaron el Estado Federal de Loreto como parte del nuevo Sistema Federal del Perú, sustento del programa de gobierno de Nicolás de Piérola, expresado con efusión durante su campaña electoral de 1895.

Consecuente con él, Seminario lo puso en ejecución tratando de iniciarlo con el primer gobierno federal, a manera de un modelo piloto, porque además así lo exigían las condiciones políticas, económicas y sociales de Loreto. Se  habían acumulado problemas vitales, y el descontento era general. Luego del pronunciamiento, fue integrada la Junta del Gobierno Federal, bajo la presidencia de Seminario y los miembros siguientes:  Secretario de Guerra y Comandante de las Fuerzas Terrestres y Fluviales, coronel Mariano José Madueño; Secretario de Gobierno, Obras Públicas y Colonización, Cecilio Hernández Isla; Secretario de Hacienda y Comercio, Juan C. del Águila; Secretario de Justicia y Culto e Instrucción, doctor Ezequiel Burga Cisneros; Secretario General del Consejo Federal, Benjamín J. Duble; Jefe del Estado Mayor, coronel Juan Fajardo; Jefe del Ejército en Acción, Luís Felipe Seminario; Jefe de la  Gendarmería, sargento mayor Aurelio Hora Arnayo.

Ricardo Seminario y Aramburu fue un colaborador de confianza del presidente Piérola, quien en su plataforma electoral había prometido modificar la estructura política del Perú e instaurar el sistema de estados federales autónomos con el fin de lograr el desarrollo integral del país. Seminario había sido destacado como jefe de las tropas acantonadas en Loreto, cuyo territorio fue siempre objeto de ambiciones de los países vecinos. Seminario, muy seguro y consecuente con el programa pierolista, optó por adelantar el plan y establecer el primer estado federal, como punto de partida a la espera de la instalación de otros similares en todo el país.

Probablemente, el proyecto pudo haber tenido éxito si en los demás departamentos se hubiesen producido similares actos, pero no fue así y, al contrario, se desató una campaña adversa contra el movimiento, calificado injusta e interesadamente, de “separatista” por los sectores que ya se habían trepado al carro pierolista y sumisamente trataban de adular al “califa”. Con ello, naturalmente, los grupos de poder de siempre lograron  desfigurar el programa, interesados en mantener la hegemonía centralista. El presidente Piérola proclive a entenderse con las clases plutocráticas, no vio mejor oportunidad para desconocer y negar su proclama descentralizadora, cediendo a las imposiciones de la oligarquía limeña y terminó por perseguir encarnizadamente a Seminario, ordenó combatir y derrocar a los revolucionarios de Iquitos. Envió a Iquitos, en la nave de guerra “Constitución”, 292 soldados armados utilizando la procelosa ruta del Estrecho de Magallanes. La decisión de Piérola estaba definida y demostró con ello su renuncia a sus proclamadas convicciones patrióticas originales durante su campaña electoral. Ricardo Seminario  no pudo contra los grupos interesados de Lima y terminó perseguido. El gobierno federal sólo tuvo vigencia durante algunos meses al haber sido sofocado por las fuerzas del ejército.

Una vez más, Nicolás de Piérola no tuvo inconveniente en traicionar a las aspiraciones de un pueblo, de la misma manera como traicionó a Cáceres y propició la división de las debilitadas fuerzas peruanas que sucumbieron en la infausta guerra con Chile.

 

 

SEGUNDO GOBIERNO FEDERAL DE LORETO

 

El 5 de agosto de 1921, Iquitos se convirtió, nuevamente, en la capital del nuevo estado federal, anunciada con la elocuencia de las descargas de cañones y fusiles a tiempo de publicar la proclama de Guillermo Cervantes, líder de tan espectacular movimiento revolucionario efectuado con relativo éxito. El comando revolucionario de civiles y militares quedó integrado por Guillermo Cervantes, Manuel Curiel, Carlos Hennigs, César, A. Velarde, Emilio Baez, Carlos A. Barreda, Lizardo Luque, Luis F. Azcarate. César A. Goizueta, Samuel Torres Videla, Max Caballero Alain, Héctor F. Barreto, Humberto Flores, Eliseo Zamudio, César Cereceda, Carlos Freyre, Tobías Vásquez, Pablo Lozano, Hermógenes Arévalo, Oscar Velásquez Chilet, Rafael Pérez, Juan Rúnciman, Ulises Reátegui Morey, Adolfo Laines Lozada, Jorge Arenas Loayza, Conrado Sarmiento, Juan Olórtergui V.,Abelardo Colmenares y Guillermo Barreto.

El comando explicó en un manifiesto las causas del movimiento, entre ellas, la traición de Leguía a favor de Colombia, mas tarde consumada con el tratado Salomón Lozano; luego el abandono económico y social de la región, el desprecio por la población y por los servidores civiles y militares a  los que no se les pagaba sus sueldos durante dos años, entre otras tropelías. Los revolucionarios, sin embargo, no pudieron de inmediato, satisfacer las desesperadas pero justas exigencias del pueblo puesto que las arcas de la Caja de Depósitos y Consignaciones, la Aduana y los bancos estaban vacías. El gobierno les había suspendido los  presupuestos y les sometió al aislamiento. Estas poderosas razones  los obligó a adoptar actitudes extremas, como las de acuñar moneda. La etapa del gobierno federalista duró poco más de cinco meses, desde agosto de 1921 hasta enero de 1922, pues, las tropas enviadas de Lima lo sofocaron después de no pocos combates sangrientos en diversos escenarios  con las consiguientes pérdidas de vidas.

Moneda regional: Los billetes cervantinos

Loreto fue el único departamento, en toda la historia peruana, que contó transitoriamente con  moneda propia obligado por la terribles consecuencias derivadas del perverso abandono al que fue sometido por el gobierno central, especialmente por el de Leguía. La circulación provisional de billetes de la nueva moneda no comenzó desde el momento en que se instauró el gobierno revolucionario de Cervantes sino después de haber agotado una serie de medidas orientadas a pagar los sueldos de los servidores públicos, de los oficiales y soldados de las guarniciones del Oriente Peruano, a quienes como ya se dijo, se les mantuvo impagos durante muchos meses, pese a que Loreto se había convertido en el más efectivo contribuyente del Fisco, precisamente, la revolución fue la respuesta a ese grave estado de abandono al que se le sometió.

La permanente situación de angustia que soportaban los empleados públicos y la población en general, se volvió insostenible cuando con el propósito de ahogar la revolución, la tiranía arreció con furia sus represalias contra el pueblo de Loreto, le suspendió, definitivamente, el envío de presupuesto y no había manera de pagar ni los más elementales servicios públicos: salud, medicinas, etc. Agotados los ingresos fiscales, debido al bloqueo de las operaciones comerciales, los bancos estaban vacíos, el comercio exterior quedó paralizado como consecuencia del cierre del puerto de Iquitos, ordenado por la tiranía leguiista. En el enjundioso relato de Samuel Torres Videla, uno de los protagonistas de aquella revolución, en su libro “La Revolución de Iquitos”, describe los esfuerzos denodados del comando revolucionario con el fin de proveerse de dinero, habiendo recurrido a todos los medios, hasta el forzado préstamo obtenido de los fondos del Banco del Perú y Londres, después haber agotado las arcas de la Aduana, la Tesorería Fiscal, la Caja de Depósitos y Consignaciones, etc. En la página 173 de su libro trascribe el texto del  decreto del 1 de octubre de 1921, en el que expresa, que dada la emergencia se vio obligado a emitir moneda, y la primera emisión ascendió a la cantidad de cincuenta mil libras de oro, en billetes de media libra, una libra y cinco libras con el respaldo y garantía de los presupuestos que adeudaba el Estado al departamento de Loreto. Posteriormente la emisión fue por cien mil libras más. Los billetes tenían el carácter de provisionales y fueron denominados por el pueblo como “cervantinos” haciendo referencia al apellido de Guillermo Cervantes, inspirador de la revolución federalista. La a situación se normalizó hasta que las tropas enviadas por el tirano Leguía se impusieron por su superioridad numérica y bélica y emprendieron una feroz persecución contra los gestores de la revolución.

Así el gobierno federal llegó a su fin, y las represalias contra sus  integrantes y adeptos se intensificaron con agresividad no usada ni siquiera contra los enemigos de la patria. Los gestores de la revolución se vieron impelidos a salir del territorio peruano utilizando embarcaciones frágiles y todos los medios a su alcance, a fin de ponerse a buen recaudo y escapar de la feroz persecución de la que eran objeto por parte de tiranía de Leguía. Tuvo que transcurrir un tiempo para que se calmaran los ánimos en la población desconsolada que ya había perdido la fe en los gobiernos peruanos y que también vieron escaparse de sus manos la gran oportunidad de  poder dirigir sus propios destinos.

 

Anverso y reverso de los cheques provisionales, llamados cervantinos”, por el valor de UN SOL. Había también de cinco y de diez soles y su circulación era obligatoria durante el gobierno de Cervantes.

 

 

Loreto y la Unidad Nacional

Jorge Basadre, en su “Historia de la República” con el epígrafe de Loreto y la Unidad Nacional resalta la vocación nacionalista y patriótica de Loreto, que pese a haber permanecido completamente desatendido por los gobiernos de Lima, ha mantenido una posición ejemplar de unidad, y el historiador se pregunta ¿Por qué Loreto y toda la región oriental mantuvieron en aquella época su vínculo con el Perú? Él quedó evidenciado –sigue diciendo- con el valioso contingente de sangre loretana para la guerra con Chile. Para romperlo, o resquebrajarlo pudieron influir circunstancias diversas: la derrota en dicha contienda, la debilidad de la administración pública, la atracción de un Estado el Brasil, la riqueza autónoma y abundante emanada de la industria gomera, la falta de comunidad de intereses. J. Basadre: Historia de la República, Tomo 10, pag. 179, sexta edición.

Contrariamente a la unidad territorial defendida por los loretanos, fueron los gobiernos del centralismo peruano con sus políticas entreguistas, los más conspicuos mutiladores de los territorios amazónicos que muy alegremente repartieron entre los países vecinos mediante tratados lesivos, verdaderos baldones que le ocasionaron a Loreto, la pérdida más de un millón de kilómetros cuadrados. Quienes sostienen el despropósito de creer que las revoluciones federalistas tuvieron un carácter separatista, lo hacen por estar totalmente desinformados cuando no para desprestigiar a dichos pronunciamientos. Si tales hubieran sido las intenciones habría resultado muy fácil la supuesta anexión de su vasto territorio a cualquier vecino, lo cual no pasó jamás por la mente de los loretanos, los que al contrario, pese al desdeñoso trato recibido desde los gobiernos de Lima, defendieron la bandera nacional en mil combates, contra los  bandeirantes y contra los arrebatos expansionistas del norte y del sur. La prueba más elocuente es la patriótica recuperación de Leticia, acaecida en 1932, después de que fuera vilmente entregada a Colombia por el tirano Augusto B. Leguía en 1922. Y contrariamente, el separatismo traidor partió de la actitud condenable del jefe del gobierno militar peruano, mariscal Oscar R. Benavides, quien muy alegremente volvió a entregarla a Colombia, tan pronto como capturó inconstitucionalmente el poder, acaecido el asesinato del presidente Luís M. Sánchez Cerro después de que acabó  de revisar la tropa de 30 mil soldados que se aprestaba a enviar a Iquitos para respaldar aquella acción patriótica.

Y si harían falta más demostraciones de patriotismo de ese pueblo, ahí están también las acciones épicas en La Pedrera, en Güepí, en el Putumayo y permanentemente en los sucesivos conflictos con el Ecuador. Las luchas de los loretanos por defender a la patria peruana ha sido siempre su permanente devoción. Una gran demostración singular de ello es el aporte de tropas loretanas presentes en Tacna, con ocasión de la infausta guerra del Pacífico. En la que entregaron sus vidas en  Tacna, Arica  y Tarapacá. Como testimonio de ese episodio revelador se levanta en la plaza principal de Iquitos el monumento a los caídos en la Guerra con Chile, con la relación de los nombres pertenecientes a los héroes inmolados sin más interés que su solidaridad con los hermanos del sur del Perú, cosa que en reciprocidad jamás aconteció cada vez que en el Amazonas, los loretanos tuvieron que defender solitariamente los confines territoriales..

De manera pues, que los movimientos revolucionarios gestados en Loreto jamás fueron separatistas y sí más bien integracionistas, de defensa de la patria por cuanto estaban originados en el deseo de desarrollo de una región olvidada y porque sus líderes y el pueblo estuvieron convencidos de que la mejor manera de defenderla era, precisamente, labrando y logrando su progreso, su desarrollo  y su reafirmación política, económica, social, cultural y de identidad.