No se necesita mayor esfuerzo en el análisis de los luctuosos acontecimientos, del desenlace de los mismos, de sus causas y consecuencias, para llegar a conclusiones sobre el alevoso asesinato del presidente Luis M. Sánchez Cerro y sus verdaderos autores. La lógica del sentido común pesa mucho más que cualquier especulación interesada, si se tiene en cuenta la sucesión de hechos concomitantes suscitados con una rapidez y facilidad inusitadas, a los que se adiciona la actitud sospechosa de eliminar en el acto al portador del arma con la que se iniciaron los disparos contra el presidente, destruyendo de ese modo el único y valioso testimonio que podía alcanzar las más valiosas informaciones confirmatorias de las fundadas sospechas sobre los auténticos autores intelectuales del magnicidio.

Es bastante elocuente el epígrafe utilizado por el historiador Jorge Basadre en su obra Historia de la República del Perú: "Benavides y el asesinato de Sánchez Cerro", título del capítulo en el que reproduce las consideraciones sobre el asesinato de Sánchez Cerro. Este hecho acaeció minutos después de que, en la tarde del 30 de abril de 1933, en el Hipódromo de Santa Beatriz y en calidad de Jefe Supremo de las Fuerzas Armadas, el presidente había pasado revista a un contingente de 30 000 soldados que se aprestaba a enviar a Iquitos para defender la recuperación de Leticia, a la que se oponía Benavides, amigo del presidente colombiano Enrique Olaya Herrera, quien, indignado por este logro de los peruanos que incursionaron por sorpresa, no ocultó su ira y sus amenazas contra el mandatario peruano.

Abundando en una serie de consideraciones, Basadre se remite al libro de Víctor Villanueva El Militarismo en el Perú, en el que acusa a Benavides como el responsable, aunque sin justificación valedera asocia el hecho al APRA, cuyo fundador, Haya de la Torre, se hallaba preso en la penitenciaría de Lima. Por lo demás, es conocida la sentencia absolutoria a favor de miembros del Partido Aprista, expedida por la corte marcial que respaldó el fallo del juez Carlín, librándolos de culpa.

Al respecto, sostiene el escritor colombiano Alberto Donadio que "las pruebas indirectas de una conspiración entre Benavides y Haya de la Torre para asesinar al caudillo piurano han sido desacreditadas por los historiadores, y probablemente nunca se aclarará el asesinato del hipódromo..." (Alberto Donadio: La Guerra con el Perú, Planeta Colombiana Editorial S. A., 1995, p. 277).

En cambio, no ha existido autoridad alguna que haya absuelto a Benavides, dadas las serias pruebas en su contra. Luis A. Flores, jefe del Partido Unión Revolucionaria y miembro del Congreso Constituyente, fue el más elocuente cuando sostuvo: "A los cinco años de la revolución de Arequipa, una persona que por casualidad había llegado al gobierno, adoptaba una actitud que se confirmaba con el rumor público que la mano que apretó el gatillo para quitar la vida al general Sánchez Cerro se encontraba en el gobierno. El asesino del 30 de abril se encuentra en Palacio de Gobierno" (Jorge Basadre: Historia de la República del Perú, 6.ª ed., pp. 421 y 423).

Resultó sintomático que el ejecutor de los disparos, Abelardo Mendoza Leyva, haya sido ajusticiado en el acto mismo del asesinato. Quedó eliminado, de ese modo, el único que pudo haber informado acerca de los responsables intelectuales. De otro lado, de los peritajes médico-forenses apareció que la víctima recibió cuatro disparos por delante y dos por la espalda. Nadie pudo responder de qué modo Mendoza Leyva pudo realizar tal proeza, y la conclusión lógica fue que hubo dos ejecutores que actuaron simultáneamente, cumpliendo consignas macabras. De otra parte, el asesinato se consumó tan pronto como Sánchez Cerro había declarado su apoyo a la recuperación de la provincia peruana al enviar tropas al frente de batalla en el Oriente, ya que habían partido dos fuerzas navales para luchar contra las tropas colombianas.

Otro hecho sintomático, al producirse la ocupación de Leticia por los peruanos y evidenciarse la actitud de respaldo de Sánchez Cerro, fue la indignación del presidente colombiano Enrique Olaya Herrera, quien lanzó una seria amenaza contra el presidente peruano, en una reunión realizada en Bogotá, según lo sostiene el escritor colombiano: "En última instancia, supongo que uno de los dos caerá, yo o Sánchez Cerro".

Por su parte, Sánchez Cerro, había afirmado que la entrega de Leticia fue objeto de una transacción monetaria. La prensa de Lima repitió tal aseveración, pero el canciller colombiano Lozano Torrijos negó haber entregado suma alguna y defendió a Leguía diciendo de él que era un hombre vanidoso y que se sintió adulado cuando le advirtió que con la firma del tratado contribuiría con el ideal americanista. "Más de un diario peruano afirmó que Lozano pagó sumas de dinero por la firma del convenio. Según Luis Miguel Sánchez Cerro, sucesor de Leguía, el tratado costó siete millones de pesos..." (Alberto Donadio: La Guerra con el Perú, ed. 1995, pp. 76 y 278).

Esta versión no es aislada, pues luego de la recuperación de Leticia, el presidente colombiano Olaya Herrera solicitó aceleradamente al Congreso de su país la autorización de un préstamo de diez millones de pesos para la defensa de la ilegal posesión, invocando la inminencia de una guerra contra el Perú. El propio autor colombiano reflexiona y asevera que en realidad nadie podía pensar que la resolución sería tan velozmente aprobada y suscrita por los colombianos. El préstamo carecía de objeto, por cuanto la realización de una guerra era improbable ya que se hallaba en marcha el programado retorno de Leticia entre Benavides y el presidente Olaya (Alberto Donadio: Ob. Cit. P.191). Donadio expresa que el acuerdo por la administración de Leticia fue aceptado por el gobierno peruano, a cargo de Benavides, bajo dos condiciones: utilizar el menor número de tropas y no divulgar que se trataba de tropas colombianas sino peruanas, a fin de no herir la susceptibilidad de los peruanos. Pero la muerte de Sánchez Cerro, sentida por el pueblo loretano y por muchos sectores del país que vieron frustrado el definitivo retorno de esa provincia al seno de la patria, no fue sentida por sus enemigos y fundamentalmente por quienes propiciaban la vuelta de esa provincia peruana a la jurisdicción colombiana. Así, por ejemplo, son las elocuentes expresiones, por mucho tiempo escondidas, del embajador de los Estados Unidos de entonces, Fred Morris Dearing, quien desde Estados Unidos declaró inexplicablemente lo siguiente: "No puede uno evitar el sentimiento de gratitud hacia el pobre asesino de Sánchez Cerro, cuya bala acabó con la carrera de ese hombrecillo perverso y mal aconsejado y que condujo a la desintegración de su régimen represivo e intolerante". Así, el vocero yanqui revelaba su fobia contra el presidente peruano -que cumplía su deber de defender la soberanía de la patria peruana-, hasta el extremo de satisfacerle el asesinato que aplaudía, demostrando una rara tendencia criminal.

El mismo autor Donadio sostiene: "Con la muerte de Sánchez Cerro se cumplía una predicción hecha en Bogotá por Olaya poco después de la invasión a Leticia" " En última instancia, supongo que uno de los dos caerá, yo o Sánchez Cerro, había pronosticado el presidente, refiriéndose a la impopularidad de la derrota en el Amazonas. En efecto uno de los dos cayó, y a Sánchez Cerro lo mató no sólo la bala asesina sino una guerra que nunca fue popular en su país salvo en Loreto" (Alberto Donadio: ob. Cit. Pp. 278, 286).

Hechos inmediatos a la asunción de Benavides otorgan nuevos elementos de juicio, pues, casi simultáneamente al asesinato, se disolvió a las tropas organizadas que desfilaron en el hipódromo de Lima y se evitó la defensa del suelo patrio, se dio una contraorden para que inmediatamente regresaran al Callao las flotas de la Marina que se encontraba en Belem Do Pará, rumbo a Iquitos. En la página 99 de su citado libro La Bitácora de mi Vida, el vicealmirante Pedro Gálvez Velarde sostiene: "Después de unos meses en Belem, sin haber recibido un solo sueldo y habiéndose arreglado ya el problema con Colombia, el comandante Mercado recibió una orden para zarpar a Leticia, con el fin de hacer entrega de ese puerto a una Comisión Internacional, de acuerdo con el tratado de paz. Con esa orden, como lo dejamos escrito en página anterior, el jefe de la Fuerza, comandante Héctor Mercado, respondió al comando en Lima que la misión de la Fuerza era para defender a la patria y no para entregarla".

Benavides invitó a su amigo y colega en la diplomacia Alfonso López Pumarejo, candidato presidencial colombiano; y fue él, quien representando a su gobierno logró se convenciera al Congreso peruano para que el conflicto fuese resuelto en "paz". El 26 de mayo de 1933 se informó que Leticia pasaba a ser administrada por una comisión internacional de la llamada Sociedad de Naciones, que suponía la evacuación de las fuerzas peruanas y su sustitución por fuerzas colombianas. Si se quiere encontrar la lógica de los acontecimientos en ese atentado, es imposible prescindir de los hechos objetivos inocultables siguientes:

1. - La firme decisión de Sánchez Cerro de apoyar la recuperación de Leticia, incluyendo la voluntad de ir a la guerra si fuese necesario, para lo que envió flotas de la marina con destino a Iquitos y reunió a 30 mil soldados aquella tarde fatal del 30 de abril de 1933 en el hipódromo de Santa Beatriz, antes de enviarlos a Loreto.

2. - La increíble facilidad con que contó el asesino Abelardo Mendoza Leyva para acercarse hasta la carroza del presidente, sin tropezar con obstáculos, y dispararle ocho tiros ante la vista impasible de los custodios que acompañaban al jefe de Estado.

3. - El peritaje balístico inobjetable, del 8 de mayo de 1933, de Pedro A. Gálvez Mata, Alberto Lainez Lozada, Florencio Salazar G. y Luis Grados, que estableció la existencia de hasta ocho impactos: cinco en la capota del auto y tres en el respaldo del asiento del presidente, que no admite la posibilidad de que un asesino dispare simultáneamente por delante y por la espalda. Y, de acuerdo con la dirección de los disparos, dispararon por lo menos cuatro personas.

4. - La amenaza pública del presidente colombiano Enrique Olaya Herrera, manifestando su odio a Sánchez Cerro, al punto de exclamar públicamente que en última instancia tendría que caer uno de los dos, él o Sánchez Cerro.

5. - El ajusticiamiento en el acto del asesino Abelardo Mendoza Leyva, con la evidente intención de eliminar su valioso testimonio, que hubiera servido para conocer al autor intelectual del magnicidio, del que Mendoza fue tan sólo un pobre sicario.

6. - La precipitada elección de Benavides y su inmediata asunción a la silla presidencial -a las pocas horas del asesinato y antes del plazo constitucional- y el haber sido elegido hallándose impedido de ser candidato por encontrarse en servicio activo.

7. - La apresurada devolución de la provincia de Leticia a Colombia, el 25 de mayo de 1933, a 25 días del asesinato, que ratifica la voluntad de Benavides de no entrar en disputa con Colombia, alegando una serie de motivaciones para justificar su decisión de gestar el retorno de la provincia peruana al seno de Colombia.

8. - Benavides odiaba profundamente a Sánchez Cerro y lo exteriorizó en más de una oportunidad ante su amigo Enrique Olaya Herrera, su colega como diplomático en Inglaterra. Este odio era compartido con el diplomático colombiano Olaya Herrera, más tarde presidente de su país y que fuera autor de la macabra predicción en el sentido de "uno de los dos caerá o Sánchez Cerro o yo", como queda registrado en el libro del escritor colombiano, Alberto Donadio, La Guerra con el Perú, tal como ya se dejó dicho.

LA TRAICIÓN DE BENAVIDES Y LAENTREGADELETICIA

 

En la infamante entrega de Leticia a favor de Colombia se registran tres acontecimientos histórico son insoslayables:

  1. La firma del baldón que significó el tratado Salomón-Lozano firmado en secreto por el tirano Augusto B. Leguía el 24 de Marzo de 1922.
  2. La recuperación de esa provincia peruana por la Junta Patrótica de Loreto en 1932.
  3. Y, finalmente, el desconocimiento de esa gesta patriótica y la devolución de Leticia consumada por Oscar R. Benavides, después de perpetrado el magnicidio del presidente Luis M. Sánchez Cerro.

La firma del ignominioso tratado –del que se afirma que costó siete millones de dólares, según el libro “La Guerra con Colombia” del colombiano Alberto Donadio- concitó en Loreto sentimientos de justificado repudio e indignación y promovió la actitud colectiva de recuperar el suelo peruano. La transferencia de esa provincia no fue ni siquiera el resultado de alguna guerra perdida , sino de acuerdos subalternos entre el presidente colombiano Enrique Olaya Herrera y el dictador peruano, con la nociva intervención del Departamento de Estado Norteamericano, interesado en compensarle a Colombia la pérdida de Panamá.

La decisión de recuperar la provincia peruana fue adoptada, sin ambages, por la Junta Patriótica de Loreto, creada en Iquitos, el 27 de agosto de 1932 e integrada por los ingenierosOscar Ordóñez de H. y Luis Arana Zumaeta; los doctores Ignacio Morey Peña, Pedro del Águila Hidalgo, Guillermo Ponce de León y Manuel I. Morey; el teniente coronel Isauro Calderón y el capitán de corbeta, Hernán Tudela y Lavalle, entre otros patriotas. El acuerdo contó con el apoyo del Ejército, La Marina, La Aviación y La Policía de la Región del Oriente Peruano. La fecha de la incursión, señalada para el 15 de Septiembre, fue estratégicamente adelantada al primer día de aquel mes, a finde despistar al adversario que ya estaba enterado del plan.

Llegada la hora para incursión y después de una inteligente emboscada, los peruanos irrumpieron en los locales municipal de Leticia y de otras dependencias, detuvieron a policías y civiles y originaron la huida, en estampida, de moradores y autoridades. Se hizo la bandera peruana y se dio aviso al gobierno de Sánchez Cerro, quien luego dealgunas dudas iniciales, resolvió respaldarlas acciones y consolidar la recuperación de la provincia cautiva. Las instituciones navales del Perú en Lima y por orden del gobiernos organizaron dos fuerzas para la expedición hacia Iquitos: una, la Fuerza Avanzada del Atlántico (FAVA), constituida por el BAP “Grau” y los submarinos R-I y R-4; y la segunda, la Fuerza Naval del Pacífico conformada por el BAP “Bolognesi” y los submarinos R-2 y R-3. Sobre el episodio en Iquitos, relatael almirante de la Armada Peruana, Pedro Gálvez Velarde, que la acción bélica del Frente Patriótico fue apoyada por el pueblo, el Ejército, la Marina, la Aviación y la Policía. Y enterado por un mensaje publicado en el diario La Región de Iquitos, el presidente Sánchez Cerro puso de manifiesto su respaldo e inmediatamente inició acciones de preparación del país para laguerra..Pedro Gálvez Velarde: La Bitácora de Mi Vida, 5 de noviembre de 1997, página 93.

El almirante Gálvez Velarde relata en su libro,que la Fuerza Avanzada del Atlántico, al mando del capitán de navío, Héctor Mercado, jefede Estado Mayor, y el capitán de Fragata, Enrique Monge, zarpó en el BAP “Grau” a las órdenes del capitán de navío, Víctor Escudero, en abril de 1933. En tre tanto, el presidente Sánchez Cerro reunió en el hipódromo de Santa Beatriz a unos 30,000 soldados listos para ser embarcados rumbo a Iquitos. Relata con estupor, el almirante Gálvez Velarde, que fuera integrante de la Fuerza de Avanzada, que tan pronto como llegaron a Belém-Pará, y se aprestaban a ingresar al Amazonas, el comandante Héctor Mercado recibió, desde Lima, la orden de zarpar y continuar su rumbo con destino a Leticia, pero para hacer entrega de ese puerto a una comisión internacional, según le decía, de acuerdo con el tratado de paz que ya había firmado Benavides, días después del alevoso asesinato de Sánchez Cerro. Es digna de mención la enérgica y patriótica respuesta del jefe de la Misión, comandante Mercado: “La aisión de esta fuerza al salir del Callao ha sido para defender los sagrados intereses de la Patria y no para hacer entrega de nuestro territorio a ninguna comisión internacional” Firmado: Héctor Mercado. Ob. Cit. Pp.93 a 100.