No pocos ocultan la condenable acción antiperuana de Piérola, quien, poco antes del desastre de Miraflores, fugó a la sierra por Cantogrande seguido del almirante Montero, el capitán de navío Aurelio García y García, el coronel Juan Martín Echenique, otros 12 coroneles, 5 comandantes, 12 sargentos mayores, 23 capitanes, 9 tenientes y 6 subtenientes; así lo refiere el profesor Luis Guzmán Palomino en su libro Cáceres y la Breña y se remite a las cifras consignadas por el historiador Alberto Tauro del Pino.

Aliado con el general Miguel Iglesias, se entendió con los chilenos a condición de destruir al patriota Avelino Cáceres. Este acto de felonía ha quedado impune y no se entiende por qué hay quienes aplauden al llamado "Califa", tal vez porque ignoran que fue una de las piezas valiosas para el éxito chileno. En cambio, penosamente, se silencia al héroe de La Breña, de quien sólo hay recuerdos tímidos. No se puede ocultar lo que causa vergüenza e indignación, como la hecatombe de Miraflores, la huida de Piérola y el refugio del general Iglesias en su hacienda de Udima, previo concierto con los chilenos. Ambos -dominados por su anticacerismo- prestaron su concurso al ejército invasor para instalar un gobierno provisorio en Lima, el que, después de un conciliábulo entre sumisos cortesanos, convocados por el alcalde Rufino Echenique, quedó presidido provisionalmente por el líder de los explotadores del salitre, Francisco García Calderón, con la anuencia del comando chileno, el 22 de febrero de 1881, e instalado en La Magdalena el 12 de marzo, y que negoció la paz luego de ofrecer una cuantiosa indemnización de guerra a favor de Chile. Las fuerzas de ocupación se situaron en Lima, alimentadas por el fisco peruano.

Que a Piérola más le interesó el fracaso de Cáceres que la causa del Perú lo demuestra su actitud asequible ante el general chileno Patricio Lynch para que Iglesias se encargase de firmar la paz, a condición de perseguir hasta liquidar a Cáceres y a sus tropas. ¡Qué tragedia la del Perú, ser escenario de fratricidas enfrentamientos bélicos entre peruanos, en momentos en los que el país libraba una desigual contienda!

La organización del llamado "ejército pacificador" -integrado por soldados chilenos y peruanos- la propugnó Piérola en concordancia con Iglesias para enfrentarse a Cáceres en el centro del país, donde éste hacía esfuerzos por conseguir dinero para sostener a sus tropas, hasta el extremo de vender sus bienes desesperadamente. En sus memorias se queja de no haber contado con armas suficientes, aunque pudo vestir a sus tropas gracias a las módicas ayudas del pueblo. Tal era la indignación, que se decía "primero los chilenos que Piérola", reproducido por un importante diario nacional. Algunos de los felones participantes fueron Arnaldo Panizo, Tadeo Antaysa, Luis Milón Duarte, Mariano Castro Zaldívar y Manuel Encarnación Vento, entre otros.

Felizmente, un movimiento surgido el 24 de noviembre de1881 liquidó la dictadura pierolista y proclamó a Cáceres jefe supremo del Perú, distinción que no aceptó y sostuvo que, a diferencia de malos peruanos decididos a pactar con los adversarios, su propósito fundamental era lograr la unión nacional para hacer frente al invasor.

Se afirma, no sin razón, que Chile no ganó la guerra; fueron los peruanos los que la perdieron. Dice el historiador Pablo Macera que la única guerra ganada por el Perú ha sido la sostenida en el centro por Andrés Avelino Cáceres. Y el profesor Luis Guzmán Palomino, de la Orden de la Legión Mariscal Cáceres, transmite lo que Cáceres refiere en sus memorias: "Grande fue la actividad desplegada en la faena reorganizadora del ejército. Podía disponer de numeroso personal, pero carecía de armas y municiones. En vano esperé las ofrecidas por Montero y las que pudieron venir de Bolivia. Las varias comisiones que envié a Arequipa fueron desatendidas, y así transcurrieron los meses en espera de esos elementos, durante los cuales los chilenos prepararon contra el ejército del Centro la formidable campaña que habría de finalizar en Huamachuco".

También recuerda la proclama del 16 de octubre de 1882, en la que Cáceres condenó la traición de Iglesias: "Lo que hoy pretende el general Iglesias, olvidando en hora lamentable el buen nombre del Perú, es una paz implorada a Chile de rodillas, paz humillante y vergonzosa que subleva todo sentido de indignación y ante la cual el patriotismo se encuentra escarnecido y degradado".

La mayor sanción contra Iglesias fue la impuesta por Lizardo Montero, al borrarlo del escalafón militar y privarlo de sus goces y prerrogativas. Mediante decreto del 9 de noviembre de 1882, estableció que tan pronto como fuese habido, sea juzgado en consejo de guerra por traición a la patria. Imprevisible y simultáneamente, se reunió la llamada Asamblea del Norte y el 30 de diciembre expidió una ley en la que nombraba a Iglesias "Presidente Regenerador", decisión acatada por una asamblea pierolista reunida en Lima el 7 de diciembre, al tiempo de pronunciarse contra Cáceres y Montero, acusados por Piérola de merodeadores de Junín y Arequipa. Montero en Arequipa, al frente de 10 000 hombres, había declarado a esta ciudad capital del país por ser sede de su gobierno, ya que Lima se hallaba ocupada por los chilenos. En el sur, unos apoyaban a la resistencia y otros a Iglesias, pero más pudieron las coordinaciones entre peruanos desleales y el cuartel general chileno en Lima y la influencia de Piérola -que dirigía las acciones de Iglesias a favor de la rendición-; a pesar del sacrificio de los peruanos que libraban actos heroicos mediante guerrillas en Ica, Cañete, Ocros, El Infiernillo, Chiquián, Topará, Ungará, y Sama, donde fue notable la acción de los Húsares de Junín. Sobre esto, el profesor Guzmán dice que está pendiente una historia por escribirse. (Luis Guzmán Palomino: Cáceres y la Breña Compendio Histórico y Colección Documental, pp. 52, 53 y 55).

GOBIERNO DE NICOLÁS DE PIÉROLA
El 8 de septiembre de 1895 fue la única vez en la que asumió la presidencia constitucionalmente, elegido en comicios convocados por Candamo. Caracterizado por su alta dosis de vanidad, soberbia, ambición y prepotencia, fue objeto de protestas en las calles y en el parlamento. Megalómano, de gran habilidad para trazar estratagemas, con vocación de tirano, se hizo llamar "El Califa". Cegado por sus desmedidas ambiciones -ya lo dijimos-,no tuvo miramientos de pactar con Iglesias y los chilenos en plena guerra, a cambio de perseguir a su compatriota Cáceres, quien libraba la resistencia en el centro.

Como gobernante mintió y defraudó a la nación tan pronto como juró la jefatura del Estado al desconocer su plataforma de gobierno: el federalismo -que le sirvió para su elección-. Negó todo y se inclinó a los grupos dominantes para incumplir su promesa, y luego persiguió encarnizadamente a sus más conspicuos aliados, Guillermo Seminario y Aramburú y Mariano José Madueño, por haber sido consecuentes con él e instaurar el primer estado federal en Loreto, que habría servido de piloto para la organización de los demás estados. Las tropas enviadas a Iquitos, en junio de 1896, por mar y tierra, los derrotaron; los calificó de "rebeldes" y no tuvo piedad para sus colaboradores.

De fácil palabra, menudo de tamaño y de porte distinguido, utilizaba muy bien los sofismas y encandilaba con su facundia. Hacía gala de un carisma especial, tras el cual escondía una soberbia sin par y disfrazaba sus ilimitadas ambiciones de dominio. Hábil negociador, supo imponer su voluntad ante la debilidad del bien intencionado José Balta, de quien fue su ministro de Hacienda. Desde ahí negoció, cazurramente, el desprestigiado Contrato Dreyfus, con el que puso el guano peruano en los mercados europeos a precio vil. Taimado y manipulador de la política criolla, no trepidaba en cambiar de actitudes de acuerdo con sus intereses, urdiendo estrategias diabólicas. Así actuó al infamar y derrocar a Mariano Ignacio Prado en 1879 -en plena guerra contra Chile-, convenció a gran parte de la ciudadanía al convertir a Prado en una suerte de réprobo, con el fin de cohonestar sus subalternos propósitos en el conflicto y su odio eterno a Cáceres; sin embargo, arrepentido, años después, buscó acercarse y prodigarle toda clase de distinciones cuando Prado retornó al Perú, tal como ha quedado registrado en la historia.