Se sostiene con razón que, posiblemente, la más pacífica de las transmisiones de mando haya sido la efectuada después de las elecciones convocadas por Manuel Pardo. Mariano I. Prado asumió por cuarta vez la jefatura de Estado -en esta oportunidad constitucionalmente- el 2 de agosto de 1876; pero su gobierno tuvo que soportar subversiones, incomprensiones y contratiempos. El más grave y luctuoso suceso ocurrió el 16 de noviembre de 1878 con el asesinato de Manuel Pardo, entonces presidente del Senado, ya que después de cesar en su mandato presidencial participó en las elecciones parlamentarias, en las que resultó elegido senador en 1877. El asesino fue el sargento Melchor Montoya, cabecilla de un grupo de militares descontentos por una ley que se discutía sobre ascensos de clases en el ejército.

Sospechosamente, su periodo presidencial fue interrumpido por la conspiración de Nicolás de Piérola, iniciada en Arequipa, en plena guerra con Chile, después de utilizar como pretexto que el presidente habría "huido hacia Europa abandonando el país y llevándose el dinero fiscal", imputaciones no confirmadas y más bien desprestigiadas a la luz de los acontecimientos y de la sinuosa conducta de Piérola. Al respecto, el escritor Evaristo San Cristóbal formuló desmentidos acerca de las acusaciones que lanzó muy alegremente, las que calificó de difamatorias debido a la intención de quienes querían cobrarse viejos agravios y sinsabores pasados. San Cristóbal puntualiza que Prado tuvo un ferviente anhelo patriótico y un redoblado repudio a los chilenos, como prueba de ello publicó una carta dirigida al ministro de guerra de Chile, tan pronto como se produjo la declaratoria de guerra, en la que Prado renuncia al grado de general de división que le invistió ese país con motivo de su conducta patriótica y americanista en el combate del Dos de Mayo en el citado año de 1966. El texto de dicha carta es el siguiente: "Lima, abril 5 de 1879. Al señor Ministro de la Guerra de la República de Chile Señor ministro: Hoy que Chile ha declarado la guerra a mi patria, la clase de general de división con que el Congreso de esa República tuvo a bien investirme es inaceptable con mis deberes de peruano y mandatario del Perú. Por tanto, renuncio al generalato, dando las debidas gracias por el honor que se me dispensó. Dios guarde a U. S. - Mariano Ignacio Prado" (Evaristo San Cristóbal: Mariano I. Prado, su vida y su obra, p. 57).

El mismo San Cristóbal consigna que al terminar la contienda bélica con Chile, la junta de gobierno que sucedió a Iglesias, presidida por Antonio Arenas, expidió el decreto supremo del 11 de diciembre de 1885, mediante el que se derogó el decreto dictatorial del 22 de mayo de 1880 por el que se había borrado del escalafón del ejército al general Mariano I. Prado; se lo volvió a inscribir y se le restituyeron los derechos y garantías acordados por la Constitución a todos los peruanos. Y que, a su regreso al Callao, Prado fue saludado por el edecán del entonces presidente, Andrés Avelino Cáceres, y conducido a su residencia en un carruaje oficial.

Como si esto fuera poco, más tarde, el propio Nicolás de Piérola, autor del alevoso derrocamiento mediante una conspiración en 1879 -hallándose en su cuarto mandato-, se esmeró en rodearlo de las mayores consideraciones, le destacó un ayudante a sus órdenes y ordenó se le abonasen sus sueldos con toda puntualidad; hasta llegó a buscar la reconciliación valiéndose de su ministro, el probo magistrado de la Corte Suprema, Dr. José Jorge Loayza, amigo de Prado. Después de su muerte, el 5 de mayo de 1901, al llegar los restos de Prado de Europa -el 16 de marzo de 1902-, fue objeto de solemnes funerales oficiales durante el gobierno de Eduardo López de Romaña. Posteriormente, en homenaje a su obra levantaron monumentos en Huánuco, Iquitos y Pisco; asimismo en La Habana, en reconocimiento a su intervención en la gesta de la Independencia de Cuba. (San Cristóbal: ob. Cit. Pp. 57-61).

DICTADURA DE NICOLÁS DE PIÉROLA
Su afinidad con Dreyfus y el complot contra Prado y Cáceres

Nuevamente Piérola, enemigo declarado de Prado -haciéndole el juego a los chilenos-, apareció en el escenario político en su afán obsesivo de perseguir a Cáceres, el patriota legítimo que luchaba contra las fuerzas invasoras. Con ese fin, no trepidó en manchar la administración del sucesor de Pardo, elegido en elecciones ordenadas dentro de la Constitución. Contando con la colaboración de Dreyfus, derrocó a Mariano Ignacio Prado fabricando acusaciones e intrigas, como solía hacer cada vez que quería desprestigiar a los gobiernos constitucionales. Así fue como inventó la infamia -más tarde desenmascarada y desmentida, hasta por el propio intrigante- de que Prado se habría fugado del país portando dinero que estaba destinado a la compra de armamentos, cuando, en realidad, había viajado a Londres con el propósito de acelerar la remesa de los armamentos adquiridos por el Perú y que, interesadamente, estaban siendo retenidos por peruanos antipatriotas. Pero, en verdad, el objetivo fundamental de Piérola al usurpar el gobierno fue evitar que Prado revisara los contratos que había firmado con la casa Dreyfus de modo sospechoso. Al respecto el mismo historiador W. E. Middendorf afirma que "Prado había gobernado en su anterior período administrativo con notoria honradez y desprendimiento (1865-67), y en el fondo ésta fue quizás la causa de su deposición". Desde luego, Piérola guardaba propósitos siniestros de perseguir y aniquilar a Cáceres -al que odiaba profundamente- durante la guerra del Pacífico. Así, se instaló como dictador el 22 de diciembre de 1879, coronándose Jefe Supremo de la República después de desalojar de palacio al general La Puerta, vicepresidente de la República, quien estaba a cargo del despacho mientras Prado se hallaba ausente en Inglaterra, e impedido por el dictador de retornar al país.

Asociado con el general Miguel Iglesias, se empeñó en bloquear al ejército patriota cacerista y creó una escalada para bloquear el internamiento de los armamentos que habían sido pedidos a Inglaterra. Fue esta la razón por la que Prado se vio en la necesidad de viajar a Inglaterra con carácter de urgencia; esta coyuntura le valió a Piérola para conspirar contra el gobierno constituido, en plena guerra. La elaborada acusación que urdió contra Prado fue posteriormente desacreditada por diversas manifestaciones, que se encargaron de reivindicar la conducta del mandatario depuesto, incluyendo la actitud del acusador, como señalamos, cuando al asumir nuevamente la jefatura del Estado buscó su reconciliación con el perseguido al que le abrumó de homenajes.

Una vez instalado, Piérola dictó un decreto a favor de la casa Dreyfus el 7 de enero de 1880 reconociéndole un saldo, aparecido en la liquidación de sus cuentas corrientes al 30 de junio de 1879, ascendente a S/ 21 083 000 00 y 4 008 000 00 en libras esterlinas. Además, le autorizó a exportar todo el guano que deseara y de cualquiera de los yacimientos del litoral peruano para cubrir los saldos a favor de dicha casa inglesa, la que así pudo disponer de ese producto a su libre albedrío.

Resulta elocuente el hecho que Juan Martín Echenique, hermano del ex presidente, junto con Toribio Sanz fueran los apoderados del gobierno en París para realizar las transacciones. Piérola era el verdadero autor del contrato y de todas las medidas económicas dictadas posteriormente. Según la afirmación del historiador Middendorf, "tenía talento y hubiera podido prestar valiosos servicios al país, pero su ambición desmedida y exagerada vanidad sólo han causado desgracias al Perú por sus intereses comunes con Dreyfus". De Balta afirma que no era sobornable, aunque su inteligencia limitada no entendía nada de negocios y se dejaba guiar por consejeros de su confianza, lo que fue aprovechado por Piérola, quien -no cabe duda- contó con la ayuda financiera de Dreyfus para realizar sus intrigas políticas en sus intentos de derrocar a gobiernos constitucionales. (E. W. Middendorf: Perú, ed. 1973, pp. 140 - 145).

Todas las investigaciones históricas y las evidencias en sus actuaciones públicas prueban que Piérola estuvo agradecido por la ayuda que le había prestado Dreyfus, y fue por eso que se firmaron los generosos convenios económicos a favor de esa empresa. Ya desde 1871, en circunstancias en que era ministro de Hacienda en el gobierno de Balta, le había autorizado a dicha empresa para que efectuara el tratamiento del guano, y le concedió 300 000 libras esterlinas para la instalación de una fábrica; pero no hubo nada de eso y, al contrario, se asoció con el empresario Ohlendorff para venderle el guano de la mejor calidad.

DICTADURA DEL GENERAL MIGUEL IGLESIAS
El general Miguel Iglesias estuvo siempre ligado a Piérola por una gran relación política y por la práctica de conductas que los vincularon en las aciagas circunstancias de la guerra con Chile. Logró el nombramiento de presidente "Regenerador", el 30 de diciembre de 1882, por una mayoría de parlamentarios pierolistas. Inmediatamente recibió el apoyo de Chile para tratar la eliminación de Cáceres y Montero, acusados de ahogar el "Grito de Montán", que no era otra cosa que el deseo vehemente de Iglesias de firmar la paz con Chile a cualquier precio, reforzando así el optimismo chileno y despejando el camino para facilitar la firma del Tratado de Ancón. Por eso fue que en una actitud enaltecedora y por decreto de fecha 9 de noviembre de 1882, Lizardo Montero ordenó que se le borrara del escalafón militar, se le privara de sus goces y prerrogativas y se le juzgara ante el Consejo de Guerra por el delito de traición a la patria. Contrariamente, la Asamblea Legislativa del Norte, en Cajamarca, integrada por legisladores genuflexos, confirió su apoyo incondicional dejando sin efecto el decreto de Montero.

El gran mariscal don Andrés Avelino Cáceres, Héroe de la Breña, luego del nefasto proceder de Iglesias expresó, sentenciosamente, lo siguiente: "Yo no veo en Iglesias sino a un teniente chileno, que obedece a los propósitos chilenos, que vive bajo la sombra de los chilenos y que, en suma, subsistirá con el aparato de poder que tiene en Lima, tanto tiempo cuanto el que permanezcan en el territorio nacional los ejércitos chilenos".

Sobre las penurias de los soldados peruanos, Manuel González Prada en su libro Horas de Lucha sentenció: "En 1879, los chilenos tuvieron la ventaja de combatir en el mar contra buques viejos y mal artillados y en tierra contra pelotones de reclutas a órdenes de militares bisoños, cuando no de comerciantes, doctores o hacendados..." Miguel Iglesias había sostenido, sin ningún reparo, que "la mejor guerra que se podía librar a Chile era la de firmar la paz sin mayor pérdida de tiempo". Y, el 1 de abril de 1882, lanzó una proclama a favor de la tan acariciada y humillante paz, luego de haber actuado de acuerdo con el cuartel general del ejército chileno, que se hallaba al mando del general Estanislao del Canto, y, cuando fue hecho prisionero en Chorrillos, prometió solemnemente a los chilenos no pelear contra ellos, por lo que fue liberado; así se convirtió en el emisario del alto mando militar chileno y pudo dirigirse hacia el norte del territorio del Perú. En su hacienda "Montán" de Cajamarca lanzó el 31 de julio de 1882 su tristemente célebre manifiesto, denominado el "Grito de Montán", según el cual admitió la recapitulación que significaba la rendición absoluta, aceptando firmar la paz bajo las condiciones impuestas por Chile. Para justificar su posición decía: "Chile no quiere la muerte del Perú, pretende la paz ventajosa en la medida en que le daban derecho a ello sus victorias".

En el New York Herald de Nueva York, el 13 de agosto de 1883, apareció la declaración de los chilenos sobre Iglesias: "Damos toda clase de ayuda: dinero, armas y destrucción de sus enemigos".

En la Historia de la República del Perú, Basadre expresa: "Iglesias apareció en la escena política peruana e internacional para hacer el juego al enemigo y volver estériles las hazañas de Cáceres y las gestiones de García Calderón".

Y mientras la felonía se gestaba en el norte del Perú, Cáceres lograba victorias en el sur, donde surgieron las figuras de Gregorio Albarracín y Leoncio Prado; pero, al mismo tiempo, se sentía traicionado en todos los flancos hasta por sus más cercanos colaboradores, pues de la manera más increíble y condenable y colocándose en actitud contraria, uno de sus aparentes "amigos", el general Arnaldo Panizo, no tuvo inconveniente en detener al coronel Remigio Morales Bermúdez, encargado de movilizar tropas en Acuchimay. Entonces, Cáceres tuvo que librar combates -igual que en Carmen Alto- para defenderse de las fuerzas organizadas por el coronel Arnaldo Panizo, convertido en amigo y partidario de Nicolás de Piérola y felizmente derrotado. Se ha denunciado que los traidores, partidarios de Piérola e Iglesias, embaucaban a los soldados andinos y les hacían creer que estaban peleando contra el enemigo, y combatían contra su propio compatriota, Andrés Avelino Cáceres.

La ignominia se refleja con mayor intensidad en el hecho -incontrovertible- de que el régimen de Miguel Iglesias se vio fortalecido después de la penosa derrota de Cáceres en Huamachuco y con el avance de las tropas chilenas desde Tacna hasta Arequipa. Esta ciudad, después de consumar su rendimiento, fue declarada "Ciudad Abierta" ante el coronel chileno José Velásquez, mediante acta firmada por el alcalde arequipeño Armando de la Puente, el 29 de octubre de 1883, después de solicitar al decano del cuerpo consular Enrique Gibson que lo hicieran juntos. La derrota de los peruanos dirigidos por Cáceres, que luchaban por reivindicar el honor nacional, ha sido la gloria de Iglesias y de su socio Piérola. Y, entonces, nada le importó ni la rendición de Arequipa ni la ocupación de Lima, con todas las secuelas que tales acontecimientos originaron.