El militarismo se reflejó de manera real en el gasto público. Apenas transcurridos 30 años de la República, el presupuesto de la nación presentaba un cuadro impresionante e inaceptable en el que las instituciones militares absorbían casi el 40%. En 1851, con José Rufino Echenique, del total del presupuesto nacional ascendente a 7 599 250 00 pesos, le correspondió al ejército 2 453 523 00 y a la marina 659 227 00, total, 3 112 750 00, o sea, el 39%, en tanto que para la educación, sólo la exigua suma de 188 201 pesos, poco más del 2 por ciento.

En 1852 ascendió a 8 380 082 00, y las instituciones castrenses absorbieron 3 094 909 pesos, o sea el 38%, mientras que para la educación, se consignaba, únicamente, 1 417 138, menos del 2 por ciento. Durante el gobierno de Eduardo López de Romaña, 1899, de 1 647 282 libras peruanas, la institución militar gastó 347 474 libras, o sea el 21%, mientras que para tres ministerios: justicia, culto y educación, sólo 131 969 libras, es decir 8, 3 por ciento para educación.

En el gobierno de Billinghurst, en 1912, para justicia, culto y educación fue asignado el 14,29%, y para las instituciones militares, 24,75%. A partir de 1913 y a lo largo del siglo XX se mantuvo una proporción de 3 a 1 respecto de educación. Y si bien, cien años después, fue incrementada en una pequeña cifra, a manera de dádiva, el rubro educativo jamás se aproximó al 10%. En la década de 1980 se produjo una mejora progresiva, hasta un teórico 16% en 1990, que tuvo muy poca vigencia. Pero a partir de 1992 fue reducido al 5,58%; y en 1999 al 5,1.

La influencia del militarismo durante el gobierno de Juan C.Torrico quedó demostrada por el mayor gasto destinado a los institutos armados, del total del presupuesto nacional de 4 964 239 00 pesos, fueron destinados 2 408 949 00 para los ministerios de guerra y de marina, es decir, más del 50 por ciento; sin embargo, para los de instrucción, relaciones exteriores, justicia y negocios sólo 931 822 00 pesos, esto es, el 20 por ciento para los tres sectores. La tendencia a ignorar a la educación pública ha sido notoria y sistemática, pesaba sobre ella algo así como una consigna que terminó embruteciendo al pueblo.

Como consecuencia del militarismo, se fabricó una concepción peligrosa consistente en conferir al militar todas las virtudes y aciertos, lo que desembocó en un encumbramiento peligroso y nocivo a la carrera militar. Entonces, como sistema imponía todos los privilegios a su favor, y la ciudadanía se vio obligada a rendir pleitesía a los hombres con uniforme militar e idolatrarlos por los galones. Dice Jorge Basadre que el militar representó el papel preponderante que en la Colonia tenía el sacerdote, los más altos cargos y distinciones correspondían a los militares, pues no sólo podían aspirar a la presidencia de la república; los jefes distinguidos no tenían limitaciones constitucionales y los militares, en general, podían ocupar puestos en ministerios, el parlamento, las prefecturas y otros cargos sin someterse a los mismos deberes establecidos para los civiles, es decir, que no estaban obligados a renunciar a sus funciones o pasar al retiro antes de aspirar cargos políticos. (Jorge Basadre: Ob. Cit. Tomo 2, p. 294).

El uniforme, como símbolo emblemático de la sapiencia, suponía un distintivo para diferenciar a la clase militar de la clase plebeya. Además del largo proceso de esclavitud, se instaló, por la fuerza de las armas, una aristocracia integrada por grupos económicos, el clero y los militares, y cimentada sobre la base de patrimonios arrancados por la prepotencia. La situación no varió mucho después de Ramón Castilla, no obstante que abolió la esclavitud, ya que una etapa de muy larga duración fue el mayor sometimiento de la ciudadanía por la fuerza de las sucesivas conspiraciones armadas. Los generales se dedicaron a utilizar los tanques y cañones destinados a la defensa nacional para dominar al pueblo de la manera más inicua y cobarde, este drama se intensificó y adoptó caracteres de suma gravedad al término del siglo XIX y comienzos del siglo XX. Las sucesivas conspiraciones del militarismo viviente habían alcanzado niveles de institucionalización de la rebeldía y la prepotencia, desde luego por militares escudados en las armas que la nación les había confiado para la seguridad del país y no para satisfacer sus intereses personales y de familia.

Las escuelas militares eran elites, el ingreso a ellas significaba una odisea, los postulantes sobraban; vestir el uniforme era todo un orgullo, y tanto cadetes como oficiales lo lucían por calles y plazas. Aunque todo ello iba llegando a su fin por influencias exógenas; sin embargo, la larga presencia hegemónica del militarismo fijó en la sociedad una suerte de acostumbramiento. Las nuevas fortunas civil-militares dieron paso a nuevos poderes dominantes, cuyos herederos no dejaron de medrar en los asuntos del Estado, por lo que pasará mucho tiempo para que nuevas generaciones con mentalidades reformadas confieran al Perú una nueva forma de dirigir los destinos de la patria dentro del marco de la civilización.