Las ambiciones, corruptelas, rivalidades y conflictos aparecidos poco después de la declaratoria de la Independencia fueron de una magnitud imparable, lo que obligó al general José de San Martín a marcharse decepcionado y desconsolado. Al terminar la guerra -dice Jorge Basadre- el Perú se halló en situación mucho más difícil y peligrosa que cualquier otra de las repúblicas americanas. Durante el resto del siglo XIX y todo el siglo XX, la descomposición moral y el desastre social han sido los mismos. Resultan por eso convincentes los testimonios históricos de Manuel Atanacio Fuentes, en su libro Aletazos del Murciélago; de Manuel González Prada, en Páginas Libres y Horas de Lucha; de Luis Antonio Eguiguren, en Leyendas y Curiosidades de la Historia del Perú; de José Carlos Mariátegui, en sus Siete Ensayos de la Realidad Peruana; de Haya de la Torre en sus obras sobre el imperialismo, 30 años de aprismo y otras; de Jorge Basadre, en Historia de la República, Sultanismo, Corrupción y Dependencia en el Perú Republicano y Perú, problema y posibilidad; de Raúl Porras Barrenechea, en Mito, Tradición e Historia del Perú y de tantos otros.

Si comparamos las truculencias de esas épocas con los escandalosos acontecimientos de nuestros tiempos, comprobamos que durante ciento ochenta y cuatro años nada ha cambiado en materia de corrupción, excepto en los métodos, en los procedimientos y en la dimensión de los hechos; desde luego, también, en la proporcionalidad con la población de comienzos del siglo XIX, apenas el cinco por ciento de la actual. Los enriquecimientos sobre la base del guano, el salitre, el caucho, el tráfico de armas, la deuda externa y el asalto al tesoro público, causantes del empobrecimiento del pueblo peruano, fijaron las bases de la pérdida del respeto a los valores, el desprecio al principio de autoridad y al honor. Los grupos dominantes han cumplido la consigna de mantener a toda una mayoría de la población analfabeta, sin educación, embrutecida, empobrecida y convertida en insumo del poder económico. Dentro de esta forma de vida incipiente ha sido muy fácil la pérdida de los valores fundamentales, a tal punto que pasó a ser parte de la conducta; la práctica de confundir el hurto, la piratería y el soborno cotidianos con lo que se ha dado en llamar "viveza criolla", sin poder distinguir el bien del mal. Durante toda la etapa republicana la corrupción ha sido una constante. Hay hechos producidos hace dieciocho décadas que no por pequeños dejan ser elocuentes y que, a manera de calco, se repiten en nuestros días y en mayor proporción.

Es evidente que ya desde 1825 se haya contado con la pena de muerte para perseguir a la delincuencia, lo que es por demás demostrativo de la corrupción y peligrosidad aparecidas como consecuencia de la eliminación de restricciones vigentes durante la Colonia. Abundan testimonios sobre los que muy poco se ha escrito y han permanecido ocultos.

Producida la Declaración de la Independencia, surgió la anarquía; y a poco de instalada la República, ya había brotes de descomposición moral, de delincuencia, que se acentuaban cada vez más. La inmoralidad administrativa, los vandálicos asaltos y actos de criminalidad pública y, especialmente, el contrabando, alcanzaron niveles de gran peligrosidad. Tanto Jorge Basadre como Evaristo San Cristóbal y Raúl Porras Barrenechea comparten este aserto.

Lima tenía apenas unos 140 000 habitantes y la intranquilidad pública era notoria e insoportable. Junto con el dispendio y la fuga de dineros fiscales con los que se formaban patrimonios particulares, aparecieron pandillas de asaltantes que pusieron en situación de alarma y de pánico a la ciudadanía. La magnitud del vandalismo frente a la ineficacia de las pocas disposiciones existentes obligó a Bolívar a reprimir el delito con medidas drásticas, las que tampoco tuvieron el efecto deseado. Y como el problema resultaba insostenible, el Libertador se vio tentado y, luego, obligado a reprimirlo imponiendo la pena capital. Dictó hasta cuatro decretos en ese sentido, del primero no se ha encontrado el texto y sólo la referencia citada por Basadre en su libro sobre la Historia del Perú. Los tres restantes figuran en las Publicaciones de la Sociedad Bolivariana de Venezuela.