Gran reto para el Partido Aprista las elecciones de 1985, no sólo por sus posibilidades de triunfo sino por lo que signifique mantenerse en el Gobierno, y realizar desde ahí las esperadas transformaciones socioeconómicas. No le será suficiente conquistar el Gobierno sino capturar el poder y mantenerse en él, venciendo y convenciendo. No tiene más alternativas: o lograr éxito en su gestión o perecer. Su triunfo significará posesionarse del poder e imponer la justicia social, síntesis de grandes realizaciones. Caso contrario, su desaparición del escenario nacional será inexorable, es decir, si incurre en similares errores a los de sus antecesores. Éstos se ufanaron en llamar democracia al sistema basado en los mismos modelos tradicionales, y contribuyeron a la adulteración del sistema democrático propiamente dicho.

Su presencia en el Gobierno no podrá ser, tampoco, la del reemplazante vengativo para cobrarse revanchas asumiendo actitudes y poses triunfalistas a que nos tienen acostumbrados los portaestandartes de la política criolla, duchos en la demagogia, la oferta, las promesas fáciles y los descarados engaños.

Desde luego, el Partido Aprista, por su formación, su mística y su disciplina  debe ser diferente. Sin embargo, nada impide que, desde ahora, se organicen equipos de trabajo y de fiscalización moral, algo así como tribunales de honor e instituciones de inteligencia, integrados por amautas, patriarcas y militantes idóneos de comprobada probidad durante su vida pública y privada. La función de dichas instituciones será la de vigilar  ay cautelar, inflexiblemente, la conducta de todos y cada uno de los apristas ubicados en los diversos puestos de trabajo, cualquiera se su categoría o jerarquía. La cuestión está en que haya un comportamiento ejemplar de buena conducta, fieles cumplidores de la ley y la Constitución. La realidad actual que caracteriza a una sociedad en descomposición así lo exige..

No es novedad que para el Partido Aprista ha de ser muy duro su quehacer si llegase al Gobierno. Hay problemas cuya solución debe ser inmediata y sin dilaciones ni pretextos. La tarea de erradicar la corrupción pública ha de ocupar el primer lugar, no sólo para reclamar buena conducta al adversario sino para imponerla, en primer término, entre los militantes, cualesquiera fuesen sus posiciones como autoridades y dignatarios. Pues, la corrupción es la principal causa del descalabro económico y del subdesarrollo de un  país, es generadora de indisciplina, de pérdida del principio de autoridad, causa del empobrecimiento de la nación y predispone, especialmente  a la juventud a adoptar formas de vida licenciosa con proclividad a la conquista de riqueza fácil e ilícita.